
Contaba el Padre Feijóo que en el año 1619 unos consejeros del rey de Dinamarca se encontraban en alta mar, navegando de Noruega a Copenhague, cuando vieron a un hombre caminando sobre las aguas. Todos los marineros se asomaron asombrados a la cubierta del barco. ¿Qué hacía aquel hombre allí, en medio del mar, con lo frías que están las aguas del Mar del Norte? ¡Debía de estar loco!
El capitán del barco dio órdenes de que lo apresaran y lo subieran a la nave, pero no tuvieron que usar la fuerza, porque el hombre cedió dócilmente a los deseos de los marineros. Ya en cubierta, el hombre no se mostró tan amable con el capitán y le amenazó con hundir el barco si no le dejaban en libertad. Más asombroso fue que todos los presentes entendieran las palabras de aquel hombre, cada uno en su propia lengua. ¿Qué lengua era ésa que hablaba y que todos entendían?
Los marineros habían oído hablar de los hombres del mar, y temían que hundiese el barco como en otras ocasiones. El capitán estaba muy confuso y no sabía qué hacer: ¿dejaba marchar a aquel hombre que era una prueba evidente de que existen los hombres marinos o se arriesgaba a tenerlo preso en su nave? La responsabilidad de que el barco llegara sano y salvo a las costas danesas dependía de él, así que, tras mirar al resto de la tripulación, ordenó que lo soltaran.
El hombre inclinó la cabeza a modo de saludo y saltó por la borda. Durante unos metros lo vieron nadar, pero luego se hundió entre las olas y desapareció para siempre.
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