Puerto de la Cruz se encuentra al norte de la isla de Tenerife y es una ciudad típica canaria, sin tener esa masificación de turismo internacional que hay en el sur. Yo tengo una conexión especial con esta ciudad porque mis padres estuvieron aquí de luna de miel y quizás ya se plantó la semilla aquí. Y esto lo pienso porque un ginecólogo jubilado observó a mi madre en la playa y le dijo que estaba embarazada, aunque todavía no se notaba. Adivinó, porque nueve meses después nací yo.
Ya había visitado antes Puerto de la Cruz y ya pregunté por el Bellair, el hotel donde se alojaron mis padres hace 48 años y que hoy en día es un altísimo edificio de apartamentos. Si ya domina en nuestros días, cómo tenía que ser entonces, cuando no era aún una ciudad tan grande ni había hoteles.
No fuimos al Jardín Botánico porque estaba en la otra punta de la ciudad, y lo que nos apetecía era pasear tranquilamente por allí. Puerto de la Cruz hunde sus raíces en la industria marítima y pesquera. Mientras que el pequeño muelle es todavía, física y culturalmente, el corazón de la ciudad, la maraña de calles que lo rodean es una zona de moda llena de tiendas, bares, terrazas y plazas pintorescas.
Disfrutamos de la belleza de las calles de Puerto de la Cruz, donde también hay muchos edificios con pinturas murales, de esas que me gustan a mí. Arte urbano por los cuatro costados. Llegamos al muelle, pasamos junto a la iglesia de Nuestra Señora de la Peña de Francia y no llegamos hasta los Lagos Martiánez, diseñados por César Manrique, que yo ya vi en otra ocasión. Sólo queríamos pasear con tranquilidad y disfrutar de la ciudad.
La Plaza del Charco, llamada así por los charcos que se formaban con las crecidas de las mareas, es el centro neurálgico de la ciudad, con laureles de Indias y palmeras canarias que dan sombra, quioscos, bancos y zona de juegos infantiles. Alrededor tiene muchos bares y restaurantes.
Hasta que fue declarada ciudad independiente a principios del siglo XIX, Puerto de la Cruz era simplemente el puerto de la más acomodada zona de La Orotava. Plátanos, vino, azúcar y cochinilla se exportaban desde allí, y en el siglo XVIII surgió una notable burguesía. En el siglo XIX llegaron los ingleses, primero como comerciantes y, más tarde, en calidad de veraneantes en busca del sol. Así comenzó la transformación turística que define a la ciudad actual.
La cochinilla, producto que adquirió mucha importancia en Canarias hace varios siglos, es un tinte rojo natural producido por el insecto del mismo nombre que vive sobre las chumberas que crecen por todo Tenerife y también en Puerto de la Cruz. Se cuenta que los españoles lo descubrieron en México en el siglo XVI y lo trajeron a Europa; al principio dijeron que se obtenía a partir de unas semillas (probablemente porque esto parece menos repulsivo que los insectos machacados... especialmente para el lápiz de labios).
La cochinilla fue una de las principales exportaciones de Tenerife en la década de 1850. Las chumberas sustituyeron a las vides, ya que éstas habían enfermado por culpa de la filoxera y la lucrativa industria vinícola había quedado destruida. El tinte lo produce la hembra de la cochinilla, que perfora la piel del cactus con su probóscide tubular y permanece fijada allí el resto de su vida, succionando la savia. Al mismo tiempo, el insecto genera un recubrimiento blanco y ceroso que le sirve de protección frente a las aves e insectos depredadores. Al cabo de unos tres meses, se retiran las cochinillas de los cactus y se dejan secar, tras lo cual se muelen para extraer el tinte. Se necesitan aproximadamente 70.000 insectos para fabricar 450 gramos de tinte carmesí.
La invención de los tintes sintéticos a finales del siglo XIX supuso el fin de la industria de la cochinilla, aunque aparentemente el sector farmacéutico aún la utiliza para colorear píldoras y pomadas (se indica con la palabra "carmín" en el detalle de la composición).
Con respecto a la arquitectura, no existe una arquitectura típicamente canaria, ya que las islas han recibido multitud de influencias a lo largo de los siglos, así que no es raro encontrar edificios que combinen varios estilos. La estética colonial es un buen ejemplo de esta mezcla: la arquitectura refleja elementos de las escuelas española, portuguesa, francesa, italiana e inglesa. También es visible la influencia barroca, especialmente en los bellos balcones de madera tallada y los patios interiores de los cascos históricos de La Orotava y La Laguna. En época reciente, destaca César Manrique, cuyas creaciones con conciencia ecológica se ven en todas las islas, Tenerife incluida.
El gusto por la pintura en Canarias se remonta a los guanches; ya el historiador Viera y Clavijo menciona el almagre (tierra rojiza de origen volcánico con que decoraban las cuevas). Continuando esa tradición, Tenerife ha dado notables pintores a lo largo de los siglos: Cristóbal Hernández de Quintana, Gaspar de Quevedo, Luis de la Cruz (pintor de cámara de Fernando VII), Valentín Sanz, Francisco Bonnín, Pedro de Guezala, Óscar Domínguez y Cristino Vera. Se pueden ver obras de estos artistas canarios en los museos de Santa Cruz y La Laguna.
Por toda la isla se pueden encontrar encajes delicados y manteles, servilletas y tapetes bordados. Aunque este tipo de piezas estén pasadas de moda, son exquisitas y reflejan un arte transmitido de generación en generación. También destacan en la artesanía canaria las cestas y alfombras tejidas a mano.
El símbolo del patrimonio musical canario es el timple, un instrumento parecido al ukelele de origen incierto; posiblemente fue introducido en las islas por los esclavos bereberes del siglo XV. Es un instrumento pequeño de madera y con cinco cuerdas, que suena en todas las fiestas típicas acompañando a los bailarines de danzas como la isa, la folía o el tajaraste (éste es el único baile guanche que se ha conservado).
El día que pasamos en Puerto de la Cruz fue precioso, tanto que si regresamos en un futuro a Tenerife nos alojaremos en esta ciudad. También cogimos lotería aquí, y la lotera dijo que nos iba a tocar. Dijimos que si nos toca nos compraremos una casita en Puerto de la Cruz... De hecho, volvimos otro día a Puerto de la Cruz, pero lo pasamos en Loro Parque. Volveremos...





























