Si tuviera que escribir un libro de viajes no sabría qué lugares describir.
Podría ser Berlín y en primera persona:
El viaje empezó mal ya desde el principio. Mis conocimientos del alemán eran entonces bastante rudimentarios como para poder comunicarme con la suficiente fluidez. Así que esa primera vez en tierras germanas no me quedó más remedio que acudir al inglés en numerosas ocasiones.
El viaje en avión hasta la capital alemana hace trasbordo obligatorio, sea en Frankfurt o en Munich, pero no hay un vuelo directo. Opté por el primero, pues estaba más al norte.
Nuestro avión sobrevoló Frankfurt durante varias horas. Desde arriba veíamos el río Main serpenteando entre miles de casitas. Lo teníamos ahí abajo y no podíamos tomar tierra. ¡Qué impotencia! Aterrizó el avión siendo noche cerrada. Tenía un plano del aeropuerto que me había agenciado en internet, pero no me sirvió de nada. Suerte tuvimos que el siguiente avión nos esperaba, aunque debería haber salido ya. Alemanes... siempre tan educados... Nos perdimos al cambiar de terminal. El siguiente avión era de la compañía alemana más importante, Lufthansa, y menos mal porque así no tendríamos que volver a repetir la experiencia anterior.
A mi lado se sentó una mujer que llevaba varios años viviendo en Barcelona. Era una señora mayor que iba a visitar a su familia berlinesa.
El primer problema surgió en la cinta portadora de equipajes. Mi maleta no estaba. Recuerdo que decía: "Oh, mein Koffer", pero era incapaz de hacer una oración completa en alemán para explicarlo. Lógicamente en Frankfurt no había dado tiempo a que pasaran el equipaje de un avión a otro, así que más de la mitad de los viajeros estábamos sin ropa.
En la taquilla de Lufthansa supe explicarme mejor, pero gracias a la alemana afincada en Barcelona, que me animó bastante y me ayudó en esos momentos de desesperación total. Allí me dieron un neceser con todo lo imprescindible para pasar una noche, con una camiseta para dormir incluida. Me hicieron describir mi maleta, que por entonces era roja, y me pidieron la dirección del hotel, que sin saberlo siquiera estaba demasiado cerca.
Cuando salí del aeropuerto no era muy tarde, pero todo estaba desierto. Comparé la parada de taxis con la de Barajas. En Madrid, los taxistas se ofrecen a llevarte cuando te ven salir. Aquí había una fila inmensa pero nadie salió del coche. Taxis pintados de un color ocre clarito, bastante horrorosos.
Subí y dije: "Berlín Reinickendorf" y el nombre del hotel. Estaba demasiado abrumada como para hablar, y esa era mi intención, pero el taxista parecía tener ganas de cháchara. Ese es el primer momento en el que me sentí bien, pues le entendía lo que me decía y yo hacía todo lo posible por hacerme entender. Me contó que en Berlín había un dialecto, pero que no temiera porque no tendría problemas, pues seguro que visitaría las zonas turísticas y allí la gente estaba acostumbrada a los extranjeros. También me preguntó si era la primera vez que visitaba Alemania. Y me aconsejó que probara la cerveza típica de allí. Me informó sobre varias cosas más, absolutamente imprescindibles. Y llegué al hotel, donde hablé en inglés. Expliqué lo de mi maleta y me fui a dormir, con la camiseta que me habían dado en el aeropuerto.
Los problemas no acabaron ahí, pues al despertar al día siguiente mi maleta no había llegado. Como era temprano y madrugar es lo más normal del mundo en Alemania, me fui a dar un paseo caminando por esa zona. Era domingo, oí campanas y me encontré frente a un edificio de ladrillo naranja que parecía un lugar religioso. Estoy segura de que si no hubiera sido por el ruido de las campanas, cualquier otro día me hubiese pasado desapercibido. Desde luego aquella misa era demasiado antinatural. Llegué a la conclusión de que no estaba oyendo una misa cristiana, pero seguí sentada en el banco, mientras el cura continuaba con su liturgia. No llevaba micrófono pero gritaba como un demonio. La iglesia no tenía retablo y en su lugar había unos ventanales que daban una luz inusual al lugar. En un lateral había una especie de placa con números digitales que iban cambiando al inicio de cada canción. Y en el banco encontré el libro de himnos. Así que miraba la placa y buscaba la página que en ella ponía. Al sacerdote no le entendía o es que tartamudeaba porque no paraba de decir "Gott". Al salir del Santo Oficio ni siquiera me molesté en mirar qué tipo de iglesia era. Al regresar al hotel mi maleta estaba en recepción.
Mal comienzo para un viaje que terminó genial. Mal comienzo para salir por primera vez a un país donde no sabía lo que me esperaba, todo era demasiado nuevo y demasiado diferente de mi tierra. En estos momentos regresaría de todas formas.
Podría ser Portugal, y en tercera persona, con diálogos, aunque aquí no aparezcan.
Una beca Erasmus en una ciudad universitaria como era Santiago de Compostela le daba la posibilidad de conocer más lugares aparte de España. Allí cerca tenía Portugal. Así que Maëlle había decidido no sólo visitar las ciudades que más le llamaban la atención: Barcelona, Madrid, Sevilla y Valencia. Había decidido que en cuanto tuviera la oportunidad visitaría Lisboa.
Maëlle era de Marsella, estudiaba Ciencias Políticas y cuando llegó a Santiago sólo tenía conocimientos gramaticales del castellano, pero no podía expresarse, le costaba muchísimo. Llevaba varios meses de convivencia con españolas y ahora chapurreaba bastante bien el castellano, incluso decía palabras en gallego.
El viaje a tierras portuguesas no se hizo esperar. Hacía una semana que había conocido a otros Erasmus, algunos de ellos franceses. Stephone era de Lyon, estudiaba Derecho y llevaba el mismo tiempo que ella en Santiago. Maëlle le había comentado que quería viajar a Portugal, pero él no le había dicho nada, no parecía muy amante de los viajes. Sólo se preocupaba en comparar las leyes españolas con las de su país natal.
Maëlle estaba cenando cuando la llamaron por teléfono. Era Stephone. Le dijo que había pensado lo del viaje y que había decidido ir puesto que se acercaba un fin de semana largo y había que aprovecharlo.
Veinticuatro horas después tenían los billetes del autobús que les llevaría a Lisboa y habían reservado una habitación doble en un hostal del Rossío. Allí surgiría un amor que quizás les cambiara la vida.
Otra posibilidad es hacer un viaje imaginario por los rincones más recónditos, por mundos pasados o por lugares que no conozco. Aquí hay un narrador que ve todo desde fuera, que no entra en la historia. Casi todo es descriptivo. Y necesito documentarme.
Lo primero que sintió Harry antes de abrir los ojos fue la humedad en su piel, su ropa mojada. Cuando sus manos fueron capaces de sentir notó la suavidad fina de la arena bajo su maltrecho cuerpo. Se dio la vuelta y miró hacia el cielo. El sol era deslumbrante y hacía demasiado calor. Se frotó los ojos y miró a su alrededor. Sólo veía arena. Arena... y el mar. Un mar tranquilo, azul, despejado.
Se levantó como pudo, sentía los huesos entumecidos y sus músculos estaban agarrotados. Empezó a caminar hacia el interior de la isla. No veía un alma humana por allí. Estaba solo. A lo lejos vio unas palmeras y una cordillera.
Siguió caminando. Su cojera era patente y el dolor inaguantable. ¡Lo que daría por una botella de whisky en esos momentos para paliar ese sueño interminable!
¿Qué estaba haciendo allí? ¿Cómo había llegado a aquel lugar? No recordaba nada. Entonces fue cuando sucumbió a la desesperación. Empezó a sentirse demasiado solo. Sólo sabía que necesitaba sobrevivir. Ni siquiera cuando Émile le dijo que se marchaba se había sentido un ser tan solitario. Siempre había encontrado soluciones para todo y en estos momentos no sabía quién era, ni de dónde venía, ni qué hacía en aquel lugar terrible. Ni siquiera sabía la hora que era. Siempre tan meticuloso, decidió no pensar en cómo se las arreglaría en adelante en aquel inhóspito lugar e ideó construir una cabaña donde pasar la noche. Alguna vez había leído que las tormentas tropicales eran devastadoras y los días engañosos. Así que aunque hiciera un calor terrible, era necesario construir un lugar donde guarnecerse por la noche. Y se puso manos a la obra.
Y entonces es cuando la idea se materializa. Tengo cinco meses para escribir.
Y de todo lo anterior ¿qué es real? ¿qué es ficción? Porque es bastante usual utilizar la experiencia propia a la hora de escribir. Es algo inevitable.