
La primera vez que me tomé una jarra de cerveza de medio litro fue en Stuttgart. Casualmente llegué a una cervecería en una especie de sótano. Los porteros te ponían un sello en la mano y te regalaban una botella pequeña de Wozka. No recuerdo el precio de la entrada pero equivalía a una consumición gratis.
Cuando bajé los escalones mi sorpresa fue mayúscula. El garito era inmenso y estaba casi a oscuras. Al fondo cantaban en inglés unos greñas vestidos de escoceses. Había dos barras en los laterales. La cervecería estaba llena de gente. Me acerqué a la barra y no me comí mucho la cabeza, miré a los lados para ver qué tipo de cerveza bebía la gente y pedí: "Ein Pils, bitte!". Personalmente prefiero la Franziskaner o la Paulaner. La Pils es una marca tan generalizada en Alemania que cuando pides una cerveza a secas te ponen una Pils. Si quieres otra marca hay que concretar. Si pides cerveza en general te sirven la Pils. A mí me encanta, aunque prefiero otras. Pero esa noche sólo bebía esa. Las primeras jarras entraban bien, las últimas las veía doble.
Llegó un momento en que decidí marcharme si no quería ir a mayores. Los alemanes están acostumbrados y yo me notaba los colores y los calores.
Cuando el recepcionista de noche me vio llegar seguro que lo primero que le llamó la atención fueron mis mofletes. Alexander Bansa me preguntó: "Willst du ein Bier?". Le dije: "Ja". Ni siquiera necesitaba decirle que la quería grande, pues las noches anteriores me preguntaba y siempre le terminaba diciendo que grande. Gracias a esas jarras de cerveza en el mini-bar del hotel nos hicimos grandes amigos. Hablábamos de todo un poco y me solía corregir, sobre todo en el Genitiv, que por aquel entonces no controlaba bien.
Realmente no fue esa la primera vez que probé una cerveza de medio litro. Fue un año antes, en Berlín, donde me dediqué a catar todas las cervezas alemanas. Pero aquel recuerdo de Stuttgart es como un tesoro que guardo con un cariño especial.
Cuando voy al Molly Mallone siempre pido Franziskaner. Lástima que en la cervecería donde solemos ir en estas noches veraniegas no tengan más que Paulaner. Por supuesto, pedimos pintas. Ahora no me suben tanto como antaño. Quizás es porque me da el aire en la cara mientras saboreo ese sabor amargo.
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