viernes, julio 14, 2006

Me pidió mil besos, le rechacé dos mil...


Cuando menos te lo esperas... aparece alguien, pero ese alguien no es la persona más adecuada para llevarte al séptimo cielo.
Ayer volví a ser la reina de la noche una vez más. Noté las miradas masculinas cada vez que caminaba, cada vez que bailaba, cada vez que me movía. Me sentía observada y deseada. Me sentía tan segura de mí misma que sabía que podría tener a quien quisiera a mis pies.
Reflotaba alrededor de mí un aura especial, era una especie de halo mágico que había dejado tras de sí la tristeza. Eso me hacía poseedora de una atracción inaudita ante los varones que se cruzaban conmigo.
Llegó él. Sus ojos verdes brillaban a la luz de la luna, pero a mí no me decían nada.
Mi vena cruel salió a la luz, tanto que me siento un poquito mal hoy por haberle tratado pésimamente. Me intentó besar mil veces, mil veces que no lo consiguió.
Anoche fui una arpía de lengua viperina, era consciente del veneno que llevaba dentro. Le pedí que se alejara de mí, que podría hacerle mucho daño, que acababa de ser víctima de un dolor muy inmenso y no quería pagarlo con él. Le dije que él nunca obtendría de mí lo que quería porque no daría más que un 10% de mí -si llegaba- mientras que él tampoco podría regalarme aquello que más ansío.
Anduve descalza por la acera de mi calle y le dije que si me cortaba los pies sería culpa suya y sólo suya.
Me desmoroné. Le susurré al oído que se marchara, que no quería estar con él. Me dio pena. Y ese fue mi punto débil. Me robó un beso. No quiso hacerme caso. Anoche fui la directora de una orquesta de crueldades que salieron a la luz de la noche, sin desearlo siquiera, bajo el ritmo de mi batuta.
Nunca he conocido a nadie con tanta paciencia. Miraba a sus ojos y me hacía sonreír. Decía que no le gustaban, a mí sí.
En tres ocasiones le llamé por un nombre que no era el suyo. No me di cuenta de lo que había dicho hasta que lo dije. Me clavó la mirada. Ahí entendió lo que no había querido comprender horas antes. De mi subconsciente salió todo aquello que había intentado enterrar hace ya unos días. Nunca antes me había pasado.
Me dije a mí misma que ya bastaba. Una persona que no había hecho nada estaba pagando por todos los platos rotos. No se merecía eso. Como su orgullo no salió a la luz y me dio pena que se rebajara tanto por mi maldad abrí la puerta y me despedí: "Vete, no quiero que nos volvamos a ver".
Le alejé de mí para siempre. Sé que no me llamará, ni me escribirá, ni sabré de él. Seguro que pensará en mí unos días, en mis palabras, en todo aquello que le dije, pero sobre todo pensará en mí como una persona cruel. Y olvidará.
Como yo he olvidado.
Me siento culpable, pero no es respecto a él. La vida es demasiado injusta. Debería sentir mi culpabilidad por lo mal que le traté, por todo aquello que le dije, pero no, si me siento culpable es respecto a otra persona, a pesar de todo lo que conlleva, no puedo evitarlo.
Ayer fue una noche más. Con el agua de la ducha ha desaparecido todo. Se han borrado las huellas de sus besos en mi piel y se han eliminado todas las marcas de la crueldad. Me siento bien de nuevo. Anoche morí un poquito más.
Dicen que quien avisa no es traidor. Si una persona te pide que te alejes de ella es mejor hacerla caso sin preguntar.
Cuando menos te lo esperas, sale al exterior todo aquello que estaba profundamente escondido y te das cuenta de que nada se puede enterrar totalmente, al menos no hasta que pase el tiempo.

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