
Sé que me muestro muy crítica con este tipo de libros que muestran historia, enigmas, anagramas, acertijos, personajes del pasado, hipótesis irreales. No puedo quejarme mucho de este libro en el sentido de que me ha entretenido, si bien es cierto que lo veo cojear en muchos lugares donde faltan explicaciones, en palabras y contenidos, así como lugares, que no vienen a cuento porque no tienen nada que ver con la historia de la que se habla.
Lo que me llamó la atención cuando el Día del Libro me lo traje a casa fue el título. Adoro las rosas, además de que son mis flores preferidas. Me gustan las rojas que parecen de terciopelo, pero también las blancas, las amarillas, las negras... Pero también me atrajo algo más. El libro aparecía metido en una especie de caja de cartón que contenía algo más...
Allí había una especie de hojas unidas por la parte superior que tenían textos, casi todos incomprensibles, y, por detrás tenían dibujos e imágenes. El primer día lo hojeé por encima, pero a medida que empecé a leer, volví a cogerlo y pasé las hojas de nuevo. Dos mitades simétricas en dos de los dibujos me dieron la pista: aquello había que ordenarlo, como si de un puzzle se tratara, y descubrir lo que parecía un camino que, como bien dice el título, es un laberinto.
El aroma de la rosa está pendiente en todo el libro. Es como si, a medida que vas leyendo, estuvieras sintiendo que a tu alrededor también hay rosas...
Will es un treintañero que regresa a su casa de Longparish, en las afueras de Londres, desde Italia. Ha pernoctado en una casa que sus padres tienen cerca de Chartres, ha visitado el laberinto de la famosa catedral y ha cogido su Ducati para, por fin, volver con su padre. En medio de la niebla, está pasando por un puente, cuando un coche se le acerca y provoca un accidente. Will entra en coma.
Henry Stafford acaba de enviudar hace poco. Su esposa, Diana, ha dejado un extraño legado a su hijo menor, Will: un pergamino y una llave de plata.
Alex, médico de profesión, regresa de dar una conferencia en Estados Unidos. Tiene ganas de volver a ver a su hermano Will, que ha recorrido media Europa en su flamante moto. Cuando baja del avión, regresa al hospital.
Lucy King es una joven que está esperando un corazón. Se pasa los días cosiendo y leyendo en el hospital de Chelsea. Es australiana, pero hace unos años decidió ir a Inglaterra, quizás en busca de su madre, y allí se quedó. Por fin le van a hacer el transplante, pero no está el inmunólogo habitual, el doctor Stafford, que para Lucy es como una luz donde ella ve oscuridad. Cuando despierta de la anestesia, Alex está junto a su cama. No es el Alex habitual: se encuentra demacrado, desaseado y con ojeras y barba de varios días; parece que lleva varios días sin dormir. Lucy tiene mucha medicación pero su cuerpo acepta el nuevo corazón.
Will había muerto. Para la familia Stafford y para su ex novia Siân el fallecimiento de una persona con tanta vida es inaceptable. Alex no cree que haya sido un accidente, conoce demasiado bien a su hermano y sabe que es un buen conductor.
Los papeles que había recibido Will de su madre pasan a las manos de Alex. Junto a la convaleciente Lucy, de la que se enamora, descubren lo que abren las dos llaves, la de plata y la de oro, que encuentran, e intentan resolver los acertijos que llegan a sus manos. En la moto de Will encuentran la cámara de fotos que éste usaba y Lucy revela las fotos. Lo primero que descubren es que Alex es descendiente de John Dee, un alquimista, científico, médico y filósofo del siglo XVII que decía que "hablaba con los ángeles".
Aparece en escena el primo lejano que vive en Estados Unidos, Calvin, y les explica que un grupo de fundamentalistas cristianos están detrás de su pista para conseguir los documentos, porque ellos, en su fanatismo, creen que pueden hablar con los ángeles, a pesar de que mueran miles de personas. No les importa nada más que ellos y su gloria personal.
Pero el último cofre sólo pueden abrirlo "la Dama Oscura de la Luz" y "el Caballero del Nudo", que no son otros más que Alex y Lucy. En el cofre descubren una especie de instrumentos para crear el holograma de un ángel y será Max, el hijo pequeño del primer matrimonio de Alex, quien haga surgir la figura de un ángel en la catedral de Chartres.
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