La leyenda del supuesto tesoro bajo una de las vieiras de la fachada de la Casa de las Conchas es tal vez la más conocida por vecinos y visitantes de Salamanca. Tal vez por ello sea la que más versiones posee, muchas de ellas contradictorias.
Lo primero que se sabe de la construcción es que el doctor Rodrigo Arias Maldonado de Talavera compra al cabildo unas casas en diciembre de 1482. Hubo algunos problemas que retrasaron la adquisición de forma efectiva hasta 1486. Se pagan entonces quinientos mil maravedíes por las ocho casas del lote. A esto hay que sumar los ciento cincuenta mil que se pagan al zapatero Juan de Toriella por otros dos inmuebles que ocupaban el actual solar. El doctor Rodrigo Arias, más conocido por “el doctor Talavera” era catedrático, regidor de la ciudad, canciller y caballero de Santiago. Su vínculo con la orden santiaguesa justifica la decoración a base de vieiras que da nombre a la casa. Otra razón para esta decoración la encontramos en el hecho de que su hijo, Arias Maldonado, acababa de contraer nupcias con Juana, hija del importante linaje de los Pimentel, que llevan conchas en su escudo de armas. Los recién casados se instalarán en la casa y harán varias reformas hasta dejarla a su gusto.
Las obras datan de finales del XV, y en su trazado se mezclan una estructura gótica y un diseño de tendencias moriscas e italianas. Esta última se percibe, entre otras cosas, en el hecho de que las columnas del patio superior fueran traídas desde las canteras de Carrara y también en la disposición de las figuras heráldicas “a la italiana”. Entre los escudos predominan las cinco flores de lis de los Maldonado, de cuya adquisición encontraremos eco en una historia muy al uso de la época.
Al parecer, un impetuoso mozo salmantino apellidado Aldana paseaba por las calles de la villa cuando un desconocido le propinó un pisotón. Si fue éste voluntario o no, tuvo poca importancia para el orgulloso mancebo, que exigió disculpas a su “agresor”. Éste no se dignó a concedérselas y las palabras fueron creciendo de tono. En la disputa se evidenciaban las buenas maneras del desconocido y un marcado acento francés. Al final, como no podía ser de otra forma, se convoca un duelo. El salmantino elige el arma –espada- y el francés terreno. Cuando se decanta por el palacio de su padre, el mismísimo rey de Francia, se pinta la sorpresa en la cara de los presentes. Pero esto no arredra al agraviado y, con testigos y padrinos, emprende el camino a París. Llega el día de la confrontación y toda la corte del país vecino acude a presenciarla. El príncipe lucha con elegancia, caballerosidad y depurada esgrima, pero cede terreno ante los embates del joven Aldana. Al final, el francés pierde su arma y se encuentra con la del enemigo apoyada en su cuello. Su padre, el Rey, pide clemencia y promete conceder al extranjero lo que desee a cambio de la vida de su hijo. Sin dudar, llega la insólita petición: el cetro real y la licencia para usar sus regios emblemas en las armas de su familia. El monarca accede con desgana y en el momento de arrojar su cetro al campo del honor pronuncia las palabras: “C’est mal donné”, que significan “Está mal dado” o “Sea mal donado”. No sabemos si fueron ganas de burla por parte del vencedor, o simplemente un equívoco, pero el mozo fundó una noble casa obedeciendo al pie de la letra la frase del Rey. La casa de los Maldonado.
El rey de Francia
La historia es digna de oírse, y los expertos en genealogía efectivamente derivan el apellido Maldonado del de Aldana, aunque sitúan su origen en Galicia sobre el 1200. Otros, tal vez menos autorizados, lo suponen nacionalización de McDonalds, traído por alguna rama disidente del clan británico. El caso es que el palacio resistirá los tiempos mostrando las flores de lis del escudo de su fundador sin preguntar su origen, así como las armas de los Reyes Católicos y unas trescientas cincuenta conchas sobre su fachada. No había leyenda acerca de tesoro alguno hasta que a los jesuitas se les ocurre construir justo enfrente. Margarita de Austria cede a la Compañía de Jesús siete mil metros cuadrados en pleno centro de la ciudad, derribando dos iglesias y las casas de quinientas familias. Los jesuitas pretendían construir un enorme edificio que representara, según unos, la paloma del Espíritu Santo y, según otros, el águila de los Austria. Con los terrenos concedidos, solo pudieron levantar el cuerpo –lo que es la clerecía de San Marcos- y una de sus alas. La otra se hubiera extendido casi hasta rozar el orgullo de sus rivales dominicos. Las obras comienzan en 1617. La intermitencia de fondos prolonga la construcción durante más de ciento cincuenta años. Tras ese período, un gigante se ha alzado en el centro de Salamanca.
Desde su proyección, los propietarios del coloso se apercibieron de un grave problema. La calle a la que mira su grandiosa fachada es demasiado estrecha y los transeúntes no podrán tomar distancia para admirar su magnificencia. Para obtener el efecto deseado habría que crear una plaza ante ella. Bastaría con derribar un edificio: la Casa de las Conchas. Ahí nace la leyenda, de la que se ofrecen varias versiones conocidas, aunque tal vez haya una variante por cada persona que la cuenta.
Según una primera versión, la más simple, una de las conchas de la fachada oculta un tesoro. Su primera variante afirma que esto es falso y que no es más que un rumor extendido por los ambiciosos jesuitas para excitar la codicia popular. Mediante el bulo, tratan de conseguir que la plebe arranque las conchas, reduciendo el valor del palacio. Una vez devaluado, su demolición presentaría menos trabas. La segunda variante deja a los jesuitas en peor lugar aún: pagarán una moneda de oro a todo el que les entregue una concha de la casa. La finalidad es la misma: echar abajo el inmueble.
Buscando el tesoro
Todas estas especulaciones, probablemente malintencionadas, surgen de la certeza de que la Compañía de Jesús tuvo intención de comprar la casa para derribarla. En el origen de la leyenda estaría el peculiar modo de tasación que los jesuitas ofrecieron a los Maldonado, propietarios entonces del palacio. Prometían pagar una moneda de oro por cada una de las conchas que adornan su fachada. Un joven poeta salmantino calculó que la suma precisa ascendería a 373 monedas, contantes y sonantes. Por lo que parece, no bastaron.De todas formas, aun salvándose de la desaparición, la Casa de las Conchas no tuvo un destino halagüeño. Fue cayendo en un progresivo abandono y dividida en lotes. En ella se instalaron comercios como una pastelería, un bar, una carnicería, una hojalatería... Hace pocos años, las autoridades se interesaron por tan amenazado edificio, lo restauraron y lo convirtieron en una bonita biblioteca así que, de momento, parece que su supervivencia está garantizada, por lo que todos podremos seguir asomándonos a su pozo –de aguas milagrosas para males de la vista, se dice- e imaginar los tiempos en que el maestrescuela utilizó sus sótanos como cárcel de la Universidad.
Lo primero que se sabe de la construcción es que el doctor Rodrigo Arias Maldonado de Talavera compra al cabildo unas casas en diciembre de 1482. Hubo algunos problemas que retrasaron la adquisición de forma efectiva hasta 1486. Se pagan entonces quinientos mil maravedíes por las ocho casas del lote. A esto hay que sumar los ciento cincuenta mil que se pagan al zapatero Juan de Toriella por otros dos inmuebles que ocupaban el actual solar. El doctor Rodrigo Arias, más conocido por “el doctor Talavera” era catedrático, regidor de la ciudad, canciller y caballero de Santiago. Su vínculo con la orden santiaguesa justifica la decoración a base de vieiras que da nombre a la casa. Otra razón para esta decoración la encontramos en el hecho de que su hijo, Arias Maldonado, acababa de contraer nupcias con Juana, hija del importante linaje de los Pimentel, que llevan conchas en su escudo de armas. Los recién casados se instalarán en la casa y harán varias reformas hasta dejarla a su gusto.
Las obras datan de finales del XV, y en su trazado se mezclan una estructura gótica y un diseño de tendencias moriscas e italianas. Esta última se percibe, entre otras cosas, en el hecho de que las columnas del patio superior fueran traídas desde las canteras de Carrara y también en la disposición de las figuras heráldicas “a la italiana”. Entre los escudos predominan las cinco flores de lis de los Maldonado, de cuya adquisición encontraremos eco en una historia muy al uso de la época.
Al parecer, un impetuoso mozo salmantino apellidado Aldana paseaba por las calles de la villa cuando un desconocido le propinó un pisotón. Si fue éste voluntario o no, tuvo poca importancia para el orgulloso mancebo, que exigió disculpas a su “agresor”. Éste no se dignó a concedérselas y las palabras fueron creciendo de tono. En la disputa se evidenciaban las buenas maneras del desconocido y un marcado acento francés. Al final, como no podía ser de otra forma, se convoca un duelo. El salmantino elige el arma –espada- y el francés terreno. Cuando se decanta por el palacio de su padre, el mismísimo rey de Francia, se pinta la sorpresa en la cara de los presentes. Pero esto no arredra al agraviado y, con testigos y padrinos, emprende el camino a París. Llega el día de la confrontación y toda la corte del país vecino acude a presenciarla. El príncipe lucha con elegancia, caballerosidad y depurada esgrima, pero cede terreno ante los embates del joven Aldana. Al final, el francés pierde su arma y se encuentra con la del enemigo apoyada en su cuello. Su padre, el Rey, pide clemencia y promete conceder al extranjero lo que desee a cambio de la vida de su hijo. Sin dudar, llega la insólita petición: el cetro real y la licencia para usar sus regios emblemas en las armas de su familia. El monarca accede con desgana y en el momento de arrojar su cetro al campo del honor pronuncia las palabras: “C’est mal donné”, que significan “Está mal dado” o “Sea mal donado”. No sabemos si fueron ganas de burla por parte del vencedor, o simplemente un equívoco, pero el mozo fundó una noble casa obedeciendo al pie de la letra la frase del Rey. La casa de los Maldonado.
La historia es digna de oírse, y los expertos en genealogía efectivamente derivan el apellido Maldonado del de Aldana, aunque sitúan su origen en Galicia sobre el 1200. Otros, tal vez menos autorizados, lo suponen nacionalización de McDonalds, traído por alguna rama disidente del clan británico. El caso es que el palacio resistirá los tiempos mostrando las flores de lis del escudo de su fundador sin preguntar su origen, así como las armas de los Reyes Católicos y unas trescientas cincuenta conchas sobre su fachada. No había leyenda acerca de tesoro alguno hasta que a los jesuitas se les ocurre construir justo enfrente. Margarita de Austria cede a la Compañía de Jesús siete mil metros cuadrados en pleno centro de la ciudad, derribando dos iglesias y las casas de quinientas familias. Los jesuitas pretendían construir un enorme edificio que representara, según unos, la paloma del Espíritu Santo y, según otros, el águila de los Austria. Con los terrenos concedidos, solo pudieron levantar el cuerpo –lo que es la clerecía de San Marcos- y una de sus alas. La otra se hubiera extendido casi hasta rozar el orgullo de sus rivales dominicos. Las obras comienzan en 1617. La intermitencia de fondos prolonga la construcción durante más de ciento cincuenta años. Tras ese período, un gigante se ha alzado en el centro de Salamanca.
Desde su proyección, los propietarios del coloso se apercibieron de un grave problema. La calle a la que mira su grandiosa fachada es demasiado estrecha y los transeúntes no podrán tomar distancia para admirar su magnificencia. Para obtener el efecto deseado habría que crear una plaza ante ella. Bastaría con derribar un edificio: la Casa de las Conchas. Ahí nace la leyenda, de la que se ofrecen varias versiones conocidas, aunque tal vez haya una variante por cada persona que la cuenta.
Según una primera versión, la más simple, una de las conchas de la fachada oculta un tesoro. Su primera variante afirma que esto es falso y que no es más que un rumor extendido por los ambiciosos jesuitas para excitar la codicia popular. Mediante el bulo, tratan de conseguir que la plebe arranque las conchas, reduciendo el valor del palacio. Una vez devaluado, su demolición presentaría menos trabas. La segunda variante deja a los jesuitas en peor lugar aún: pagarán una moneda de oro a todo el que les entregue una concha de la casa. La finalidad es la misma: echar abajo el inmueble.
Todas estas especulaciones, probablemente malintencionadas, surgen de la certeza de que la Compañía de Jesús tuvo intención de comprar la casa para derribarla. En el origen de la leyenda estaría el peculiar modo de tasación que los jesuitas ofrecieron a los Maldonado, propietarios entonces del palacio. Prometían pagar una moneda de oro por cada una de las conchas que adornan su fachada. Un joven poeta salmantino calculó que la suma precisa ascendería a 373 monedas, contantes y sonantes. Por lo que parece, no bastaron.De todas formas, aun salvándose de la desaparición, la Casa de las Conchas no tuvo un destino halagüeño. Fue cayendo en un progresivo abandono y dividida en lotes. En ella se instalaron comercios como una pastelería, un bar, una carnicería, una hojalatería... Hace pocos años, las autoridades se interesaron por tan amenazado edificio, lo restauraron y lo convirtieron en una bonita biblioteca así que, de momento, parece que su supervivencia está garantizada, por lo que todos podremos seguir asomándonos a su pozo –de aguas milagrosas para males de la vista, se dice- e imaginar los tiempos en que el maestrescuela utilizó sus sótanos como cárcel de la Universidad.
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