En las laderas del Monte Médalo, en Arcadia, hay un extenso campo de olivos y las ruinas de un villorio. Muy cerca del olivar, se alza un sepulcro de mármol blanco junto a un solitario olivo. Este árbol resulta repulsivo debido a sus formas, cual persona deforme, y su imperiosa grandeza.
Cuenta la historia que en el pasado vivían en la ladera dos famosos y grandes escultores, llamados Calos y Musides. No se ponían trabas de competencia por su trabajo y eran muy amigos, aunque si Calos disfrutaba de las juergas y los placeres, Musides era muy hogareño y agradecía pasar el tiempo sentado, contemplando los olivos.
El tirano de Siracusa les mandó llamar para que hicieran una estatua de Tique (personificación de la Fortuna o del Azar). Cada uno de los escultores haría su propia estatua.
Empezaron pues a trabajar los dos escultores. De repente, un día, las gentes de la zona notaron a Musides extraño, pues ya no era la persona jovial y risueña de antes. Y Musides explicó su tristeza: su amigo Calos estaba enfermo.
Calos ya no trabajaba en la estatua, sino que prefería salir a contemplar los olivos y, antes de morir, le dijo a su fraternal compañero que enterrara, junto a su cabeza, unas ramas de un determinado olivo que crecía en la ladera. Musides así lo hizo y, mientras tanto, se dedicó con tesón a crear la estatua de Tique. Mientras, donde reposaba la cabeza sin vida de Calos crecía, a pasos agigantados, un enorme olivo que fue extendiendo sus ramas hasta la casa de los escultores.
Cuando finalizó la estatua, muchos cortesanos de Siracusa y porteadores vinieron a recogerla. Pero, al subir las laderas de la montaña, lo único que encontraron fue la casa destruida por una rama de olivo que se había caído encima. No había rastro ni de Musides ni de la estatua.
Y cuando llega el viento nocturno, entre las ramas del gran olivo se escucha una voz que dice: "Yo sé, yo sé".
No hay comentarios:
Publicar un comentario