El protagonista había vivido siempre en aquel oscuro y derruído castillo, rodeado de un foso cegado y en medio de una inmensidad arbórea que no dejaba entrar la luz. No tenía noción de haber convivido con otras personas, no recordaba a quienes le habían cuidado, que probablemente fueron sirvientes muy viejos. En su soledad, jamás había hablado con nadie y nunca se había molestado en hablar, por lo que perdió la facultad de hacerlo. No sabía cómo era su aspecto físico, porque en el castillo no había espejos...
Un día decidió subir a la más alta torre, que tenía el acceso obstruido, pero el hombre sólo quería ver la luz del sol, o de la luna, quería ver el firmamento.
Después de mucho tiempo subiendo escalones sin parar, sorteando obstáculos en forma de piedra, llega a una habitación donde hay estantes de mármol y una lápida que debe levantar. Al hacerlo, se da cuenta de que ha estado caminando, extrañamente, en horizontal, porque se encuentra a nivel del suelo, junto a una verja. Detrás ve un castillo familiar, con todas sus ventanas iluminadas. Va hacia el edificio en ruinas donde ha vivido siempre, y decide entrar a formar parte en la fiesta que se está celebrando tras sus paredes. Reconoce rostros de su pasado, aunque hay mucha gente que desconoce.
En cuanto él entra por una ventana, todos empiezan a gritar y a huir. Él se acerca hacia un marco donde ve al abominable y monstruoso ser que ha provocado el pánico. A pesar del temor que le produce, alarga su mano para tocarle y, el monstruo, al otro lado, extiende su mano a su vez. Él toca el frío cristal azogado... Y cuando se da cuenta de quién es ese ser abominable... huye.
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