Encontré el cadáver de St. John descuartizado en medio del páramo...
Antes de que el protagonista se vuele la tapa de los sesos, decide contar la historia.
St. John y yo nos sentíamos atraídos por todas las vanguardias y los nuevos movimientos intelectuales y estéticos del momento. De todos ellos nos cansamos, excepto de la filosofía de los decadentes. Teníamos una necesidad extrema de emociones fuertes y eso nos llevó al saqueo de tumbas.
Vivíamos en una antigua mansión de piedra, aislada e inhóspita enclavada en el páramo. Allí teníamos un museo lleno de macabros trofeos y con unos olores característicos. Había momias, cadáveres más recientes que habíamos disecado, lápidas de tumbas, calaveras y cabezas en distintos grados de descomposición, estatuas y pinturas de temas demoníacos y una carpeta de piel humana de antiguos dibujos. Había además varios instrumentos musicales...
Las circunstancias en que se daba el saqueo de una tumba hacía que tuviéramos en cuenta nuestros estados de ánimo, el paisaje, el ambiente, el clima, la época del año y la fase lunar.
Y llegamos al lugar maldito, el que nos condenó. Se trataba de un siniestro cementerio holandés, muy antiguo y donde habitaban enormes murciélagos. A lo lejos se oían unos casi inaudibles ladridos.
Los dos amigos iban a excavar una tumba de cinco siglos de antigüedad que había pertenecido a un profanador de tumbas. Les atraían la leyenda y los rumores de aquel hombre que había sido descuartizado por las mordeduras y colmillos de un gigantesco sabueso... allí donde ellos se encontraban.
Cuando encontraron el ataúd, el esqueleto estaba acompañado por un extraño amuleto tallado con la efigie de un espantoso sabueso alado. Ellos sabían, por el prohibido Necronomicon, escrito por un poeta árabe y loco, que aquello era el signo espiritual del culto a los devoradores de cadáveres en Asia Central. Sin embargo, no podían dejar aquel amuleto allí y lo robaron.
Cuando volvieron a Inglaterra comenzó el horror. El páramo se lleno de grandes murciélagos que les perseguían, a lo lejos se oían los espeluznantes aullidos de un gigante sabueso, a veces escuchaban pisadas junto a la puerta y ventanas... Se sentían acosados y perseguidos por una sombra que nunca habían visto, pero sí habían escuchado. Una noche, al volver a la antigua mansión, St. John fue atacado por una bestia que le descuartizó. A sus gritos, llegó el protagonista que sólo pudo oír cómo su amigo le decía que la culpa era del amuleto.
Como no podía quedarse solo allí, se trasladó a Londres, pero allí también veía la oscura sombra de un tétrico ser alado que le perseguía, veía sus ojos en la ventana y escuchaba sus aterrorizadoras carcajadas y ladridos. Decidió regresar a Holanda y devolver el amuleto a la tumba profanada. Pero en una posada unos ladrones le despojaron de todas sus pertenencias, incluido el amuleto.
A la mañana siguiente, todos los periódicos hablaban del terrible crimen que se había producido en una guarida de ladrones, donde una bestia había descuartizado a toda una familia.
El protagonista debía volver al cementerio y abrir el ataúd. Cuando lo consiguió, ya no se encontró con la calavera de hace unos meses, sino con los ojos que le habían perseguido en los últimos tiempos, con un cuerpo que todavía conservaba trozos de carne y pelo y en cuya zarpa asía un amuleto de jaspe verde. Y esos ojos le miraban fijamente, de manera consciente...
No hay comentarios:
Publicar un comentario