La mansión Martense llevaba un siglo abandonada. Se alzaba en las cercanías de la Montaña de la Tempestad. La zona de los Catskills había sido una región olvidada hasta que un mes antes ocurriera la terrible catástrofe. En los alrededores se contaban viejas leyendas y rumores de que un demonio solitario atrapaba a caminantes solitarios después del anochecer.
La región estaba habitada por colonos holandeses. Una noche de verano, mientras dormían se pusieron a gritar y gemir de una manera incontrolable. La muerte había llegado a una aldea a 5 kilómetros de la mansión. La aldea se había hundido por el impacto de un rayo y nadie quedaba con vida. Muchos de los cadáveres tenían rastros de garras y colmillos diabólicos y, entre los cuerpos, faltaban 25 personas.
El narrador cuenta que, una noche de tormenta después de los sucesos, se fue a la mansión abandonada con Bennett y Tobey. Iban en busca del miedo que acecha. Sentían curiosidad por el demonio sanguinario que estaba aterrorizando la aldeas cercanas en las noches de tormenta y decidieron que el mejor lugar para observarle era la que había sido habitación de Jan Martense, un miembro asesinado de la familia.
Tras la deslumbrante luz de un relámpago, sus dos acompañantes habían desaparecido, pero en el rincón donde había estado uno de ellos, el narrador ve una sombra inquieta, una abominación, una blasfema anormalidad surgida de los abismos más profundos del infierno.
Regresa con vida a la aldea. No se explica muy bien lo que ha pasado, pero está dispuesto a buscar a sus amigos. En el hotel donde se hospeda decide contarle la historia a otro periodista, Munroe, y juntos recorren la región en busca de testimonios. Uno de los aldeanos les entrega un antiguo diario que les aclara muchas cosas. Cuando un día visitan la aldea atacada, que sigue abandonada -y por tanto, maldita-, el atardecer viene con nubes de tormenta. Ellos se refugian en una cabaña y Munroe mira hacia fuera desde una ventana. Después de un rato de silencio inaudito, el narrador se acerca a él y descubre que le falta el rostro. Todo ha sido tan silencioso que no comprende... Entonces decide seguir sus investigaciones en solitario.
"Ahora estaba persuadido de que el miedo que acecha no era algo inmaterial, sino un espectro con colmillos de lobo que cabalgaba en el rayo nocturno".
El narrador decide excavar en la tumba de Jan Martense. Cree que el ser abominable que está causando terror es el fantasma del miembro asesinado. Jan murió en 1762. La historia de su familia se remonta a Gerrit Martense, un colono holandés que sentía profundo odio por la civilización inglesa. En 1670 construyó la solitaria mansión en la colina propensa a las tormentas veraniegas. Todos los miembros de la familia tenían un rasgo común hereditario: la disimilitud de los ojos; uno azul y otro castaño. Eran personajes insociables y taciturnos... hasta que nació Jan.
Jan Martense se alistó en el ejército y, cuando regresó a casa, sus familiares le rechazaban y evitaban. En sus cartas a un amigo de Albany, Jonathan Gifford, le contaba que quería abandonar aquella mansión y aquella familia con la que no se sentía a gusto. De repente un día el amigo se extrañó del silencio de su amigo, pues hacía mucho tiempo que no le había escrito, así que fue a visitarle. Jan había muerto por el impacto de un rayo, le dijeron los Martense. Pero la forma de actuar de los familiares despertó sospechas en Gifford, que una noche cavó sobre la tumba de su amigo y abrió el ataúd. Allí descubrió un cráneo brutalmente golpeado y acusó a los Martense del asesinato de un miembro de su familia. Desde entonces, fueron condenados al ostracismo.
Nadie se relacionaba con ellos, aunque se siguieron viendo luces en la mansión hasta 1810. Seis años después, los aldeanos registraron la casa desierta, parcialmente en ruinas, pero no encontraron esqueletos, por lo que comprendieron que los Martense se habían marchado.
El narrador encuentra el ataúd, pero instintivamente sigue cavando un agujero más profundo y llega a una galería subterránea. Empieza a arrastrarse y de repente descubre frente a él dos reflejos diabólicos que brillan en la distancia a la luz de la linterna. A medida que en la superficie sonaban los truenos de una tormenta, las garras y los ojos se iban acercando. Pero un rayo impide que el ser demoníaco llegue. El hombre sale a la superficie en un descampado desolado. Al fondo se ve un resplandor rojizo.
Al día siguiente se entera de que, mientras aquel rayo le había salvado de una muerte sangrienta, en una aldea a 25 kilómetros, una bestia había irrumpido en una choza y los aldeanos habían prendido fuego a la casa. El narrador acude al pueblo buscando el rastro del monstruo. Entonces pone atención en todos los montículos irregulares de tierra, que todos pensaban creados por las glaciaciones. Entonces cae en la cuenta de que son toperas conectadas entre sí. Se acerca a la mansión y espera a que salgan. Escondido tras un matorral, observa multitud de demonios con apariencia de ratón o simio, que sólo salían en medio de las tormentas, una especie de diablos peludos y deformes, todos muy silenciosos y caníbales. Incluso se engullen entre ellos.
No sabe si podrán exterminarlos a todos, pero en los días siguientes dinamitan la mansión Martense y la cima de la Montaña de la Tempestad, cegando todas las aberturas. Sin embargo, el narrador sabe el secreto de aquellos seres. Los ancestros de aquellos caníbales del subsuelo habían sido hombres. Lo que le sorprendió descubrir en la mirada de aquellos repugnantes seres fue que tenían un ojo azul y otro castaño.
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