Uno de los lugares salmantinos que mejores recuerdos me trae, incluso me hace ver que siento nostalgia, es el parque de San Cristóbal. Antes de vivir allí, había pasado de vez en cuando por aquella plazoleta en cuesta, quizás incluso me hubiera sentado en alguno de sus fríos bancos de hierro. Entonces fue cuando M., P. y yo nos mudamos a aquel segundo piso en lo más alto de la plaza.
Desde nuestro balcón se veía casi toda la plaza, excepto lo que encerraban los muros de la iglesia que nos quedaba a la derecha, en cuyo interior sólo podíamos observar todo lo que ocurría inmediatamente debajo de nuestro balcón, lugar idóneo para hacer botellones y para echar polvos, a salvo de miradas indiscretas... Siempre que no miraran para arriba, claro.
Hoy he pasado por allí. Ya no tiene el cartel de alquiler, lo que me hace suponer que otras personas viven en aquel luminoso piso. Me he estremecido por los recuerdos: el banco donde escribí una tarde primaveral, el césped donde nos sentábamos antes de cenar para observar los perros que llevaban a pasear allí, la cuesta donde resbalábamos cuando nevaba...
El Centro de Salud que me corresponde me pillaba entonces más cerca. Ahora tengo que caminar más, y si al ir, por la Cuesta del Sancti Spiritus, no cruzo aquella plaza, al volver, y sobre todo si el día es soleado, me gusta dar un pequeño rodeo por allí e, inevitablemente, miro hacia el balcón desde el que nos asomábamos hasta hace dos años.
Yo sabía... lo sabía perfectamente... la herida del absceso no se me ha curado, sigue abierta, aunque me han quitado los puntos. Pero es como si no me hubieran hecho nada. La tendré que seguir llevando tapada, continuaré dándome dosis diarias de betadine y -cruzaré los dedos- espero que no vuelva a caer en estados febriles ni mareos. Sólo quiero que se cure... Voy para cuatro meses con la historia esta y es incómodo. La próxima semana tengo que volver...
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