Cuando el mundo alcanzó su madurez, cuando las ciudades se volvieron grises y espigadas, existió un hombre que viajó más allá de la vida en busca de los lugares a los que habían huido los sueños del mundo.
Y todas las noches, se asomaba a su ventana, desde donde sólo veía viejos y altos edificios de color gris y miraba hacia el firmamento. Se imaginaba las estrellas y empezó a llamarlas una a una por sus nombres.
Entonces una noche, un luminoso puente unió el firmamento con la ventana del solitario observador. Y el hombre encontró los sueños perdidos hacía tanto tiempo...
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