"Odio la luna -me asusta- porque cuando a veces ilumina ciertos escenarios familiares y queridos los vuelve horrendos y extraños".
En el verano espectral, caminaba por el jardín bañado por la luz de la luna. Los rostros de los lotos me hacían seguir un sendero, bajo unos árboles, que de día no existía. Así seguí el río hasta el mar, un mar putrefacto donde los gusanos se comían la carne en descomposición de los cadáveres. La luna iluminaba la bajamar, mientras unos ojos extraños se elevaban de las aguas y me miraban fijamente. Sólo se me ocurrió sumergirme en el lodo.
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