martes, junio 10, 2008

Aire frío

Habla un escritor que aborrece las corrientes de aire frío y el olor del amoníaco. Encontró un trabajo en una revista de Nueva York y se trasladó a vivir a una vieja mansión de cuatro pisos, reformada en casa de huéspedes y regentada por una patrona española.
Un día, una gran gotera de amoníaco empezó a devastar su cuarto. Cuando se lo fue a comunicar a la patrona, ésta dijo que era del doctor que vivía en el piso de arriba, un hombre muy silencioso que el escritor jamás había escuchado ni caminar. Pero era un buen médico. Así que cuando le dio un ataque al corazón, subió como pudo las escaleras para ponerse en manos del doctor Muñoz.
Cuando el médico le abrió la puerta, una terrible ráfaga de aire frío se escapó por el resquicio. Aquella era una habitación suntuosa para una casa de huéspedes. Aquel hombre tenía una extraña enfermedad por la que necesitaba exponerse continuamente a temperaturas muy frías y la atmósfera glacial se la proporcionaba un aparato que refrigeraba amoníaco.
El escritor se hizo muy amigo del médico, al que visitaba con relativa frecuencia. El doctor le contaba sus experimentos para derrotar a la muerte.
Un día, el aparato se estropeó y el doctor se metió en el baño, pidiéndole al escritor que le trajera mucho hielo y que buscara a un mecánico para que le arreglara la máquina. Pero el mecánico llegó tarde, pues a su vuelta el edificio desprendía un olor espantoso. Cuando consiguieron romper la puerta atrancada, todo el apartamento se veía "manchado" con un rastro oscuro y viscoso. En unas hojas había algo garabateado. El escritor consiguió leer las últimas palabras del médico, lo que ya intuía: que había muerto 18 años atrás, pero que había descubierto la conservación artificial a través del frío, aunque el cuerpo se deterioraba progresivamente.

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