Era el mes de Yule, lo que para nosotros equivale a la Navidad. La raza de sus antepasados era más antigua de los colonizadores que habían llegado después e impuesto sus tradiciones. Pero ellos seguían celebrando, una vez cada cien años, el ceremonial de sus ancestros, para que no se perdieran los secretos primigenios. Y todos los padres enviaban a sus hijos.
Y el joven había llegado a Kingsport, había entrado en una antigua casa donde dos ancianos se mantenían en silencio. El hombre no parpadeaba, así que imaginó que tenía una máscara; la mujer hilaba sin parar en una rueca.
Al llegar la noche, los dos ancianos se enfundaron en sendas capuchas y guiaron al joven por las oscuras callejuelas de la ciudad, bajo la luz de innumerables antorchas que se iban uniendo a la extraña y silenciosa procesión desde todos los callejones. Caminaron durante un rato hasta llegar a una iglesia blanca. El joven esperó a que pasaran los silenciosos personajes que se habían congregado allí y, al mirar atrás, descubrió que no había pisadas ni huellas en la nieve, ni las suyas propias. En la iglesia, todos fueron entrando en una cripta y seguían por oscuros pasadizos hasta alcanzar una ciudad subterránea, donde una columna de fuego era adorada por aquellos encapuchados. Un ser amorfo y apartado tocaba una flauta. Era el rito del invierno.
El anciano se acercó a la columna de fuego y, haciendo una señal al flautista, comenzó a sonar una melodía espantosa. Entonces aparecieron unos híbridos seres alados, carentes de ojos, sobre los que empezaron a montar todos aquellos que formaban aquella multitud. Pero el joven era reacio a hacerlo. Entonces el anciano sacó un sello y un reloj de la familia, para darle a entender que él era el representante de sus antepasados. En un descuido, la máscara de su cabeza se desprendió y el joven se tiró al río oleaginoso y putrefacto.
Al día siguiente lo habían encontrado en los muelles, casi congelado. Se encontraba en el hospital y sabía que lo que había visto la noche anterior no lo había soñado.
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