Los dioses de la tierra no pueden soportar que un hombre diga que ha conseguido contemplarles. Siempre han morado en los picos más altos de las montañas, pero a medida que el mundo iba avanzando y que los hombres iban acercándose a sus moradas, los dioses tuvieron que marcharse a cumbres cada vez más altas. Ahora viven en Kadath, la montaña más alta del mundo. Existe la prohibición de que los hombres se acerquen y, si lo hacen, no regresan.
Sin embargo, por las noches, los dioses recorren las montañas donde vivieron antaño. Rodeaban las cumbres de unas espesas brumas que no eran más que los recuerdos de los dioses.
Había un hombre que vivía en Ulthar, Barzai el Sabio, un anciano que quería ver a los dioses. Fue el hombre que subió a lo alto del Hatheg-Kla la noche del extraño eclipse lunar. Se llevó a Atal, su discípulo, que estaba aterrorizado.
Hatheg-Kla estaba entre brumas y, a medida que los dos hombres ascendían, un montón de nubes se acercaba lentamente. Atai perdió de vista a Barzai que empezó a gritar, como un poseso, que había visto a los dioses, que les había escuchado y les había retado, diciendo que ahora era más poderoso que los dioses terrestres. Entonces salieron los otros dioses, los de los infiernos exteriores, y la luz de la luna se convirtió en una oscuridad tenebrosa. Atai cerró los ojos y empezó a bajar la montaña. Nunca más se supo de Barzai. Había desaparecido en la montaña la noche del extraño eclipse lunar.
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