
Hacía tiempo que no leía un libro que hablara de Egipto. Reconozco que hacía mucho tiempo que quería leer Sinuhé, el egipcio y que no me ha decepcionado. La trama narra la historia de un médico real y, a través de sus ojos y de sus palabras, descubrimos la turbia época de Akhenaton. El libro en sí es una joya, aunque es algo anacrónico en algunos hechos históricos. A veces incluso se hace arduo y pesado en algunos párrafos. Pero las descripciones son exquisitas y los perfiles psicológicos de los personajes están bastante logrados.
La historia está narrada en primera persona por el que durante mucho tiempo fue médico del faraón, ahora desterrado de Tebas, un hombre que nació para sanar y terminó matando. Y así, en su soledad rememora toda su vida pasada...
El médico de los pobres Senmut y su esposa Kipa vivían en una humilde casa junto al río. Eran mayores para tener descendencia... hasta que les llegó el hijo que siempre habían querido, a través del río, en una cesta de cañas. Le adoptaron como su hijo y le pusieron de nombre Sinuhé. Con siete años, el niño quería ser soldado, pero su padre le hizo ver lo importante que era leer y escribir. Así que Sinuhé terminó acudiendo a la escuela, donde hizo su primer amigo: Thotmés, que tenía una habilidad natural para dibujar y esculpir.
Para acudir a la Casa de la Vida, donde se enseñaba a curar a los enfermos, Senmut acudió a un antiguo colega, Ptahor, que era trepanador real y le pidió ayuda. Gracias a este médico, Sinuhé entró al servicio del templo, donde primero tenía que convertirse en sacerdote y después aprender las tareas de médico. Pero era considerado un niño extraño porque hacía muchas preguntas. Sin embargo, un día Ptahor le vio y le hizo acompañar para trepanar al faraón, que estaba muriéndose. Esa fue la primera vez que Sinuhé y Amenhotep –el hijo del faraón postrado- se vieron. El viejo faraón falleció varias horas después, ya que las trepanaciones no tenían buenos resultados casi nunca.
Sinuhé conoció en la Casa de la Vida a una mujer que sería su tormento durante mucho tiempo, Nefernefernefer. Aquella mujer tan bella quiso seducirle, aunque no lo consiguió, pero le regaló un anillo que Sinuhé hizo grabar y con él firmaba en sus documentos de médico.
Nefernefernefer compró una casa para atender a los enfermos y se agenció un esclavo tuerto que le ayudó en muchas ocasiones: Kaptah. Entonces fue invitado a una fiesta, y allí volvió a reencontrarse con aquella malvada mujer, que fue poco a poco robándole todo hasta echarle de su casa por mendigo: así, mediante documentos redactados a un escriba, Sinuhé le fue regalando su casa, la casa de sus padres y las tumbas que habían construido sus padres para cuando murieran. Después a Sinuhé no le quedó nada, ni siquiera pudo despedirse de sus padres, que fueron apaleados en su casa, que ya no era suya, y Sinuhé les enterró, a escondidas, junto a la tumba del faraón que acababa de morir.
Junto a Kaptah empezó a recorrer países y a aprender los métodos de curación de médicos extranjeros, curó a reyes y estuvo en las mejores cortes de países, le hacían muchos regalos y, cuando volvió a Tebas, era un hombre muy rico.
Amenhotep había cambiado su nombre por el de Akhenaton, y servía sólo al dios Atón, intentando extirpar de Egipto a los adoradores de Amón. No quería guerras, pero Horemheb, cabecilla del ejército, le pedía incesantemente reunir a las tropas para rechazar la amenaza de los hititas que se agolpaban en las fronteras.
Sinuhé se enamoró tres veces, fue médico real, se enteró de que era hermanastro del faraón y le quiso como un hermano, fue a la guerra con Horemheb y, por este, administró venenos a muchos hombres queridos por él. Pues todos sus seres queridos murieron por él.
“El vino es un don de los dioses si se usa con moderación. Un vaso no hace daño a nadie, dos hacen un charlatán, pero quien vacía la jarra entera se despierta en el arroyo desnudo y lleno de contusiones”.
1 comentario:
Madre mía, yo también hace mucho tiempo que no me leo un libro sobre Egipto. Me apunto la recomendación.
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