Herbert West fue mi compañero en la Facultad de Medicina de Miskatonic, en Arkham. Sus experimentos, con animales vivos, le convirtieron en un ser excéntrico, que todo el mundo rehuía... menos yo. Nos convertimos en amigos y compañeros inseparables. Después de 17 años, el doctor West ha desaparecido.
Era un naturalista; creía que la vida se basa en procesos químicos y físicos y pensaba en que la muerte, debido a su naturaleza, se podía vencer con medios artificiales. Enseguida entró en conflicto con las autoridades académicas; los profesores se mostraban escépticos y le prohibieron realizar más experimentos.
Así que West siguió experimentando, pero se ocultaba. Decidió que los experimentos con animales no le llevaban a ningún sitio y que debía hacerlo con especímenes humanos. Cerca de la fosa común, encontramos la granja deshabitada de Chapman. Allí habilitamos una sala de operaciones y disección y un laboratorio para los más macabros experimentos imaginables por la mente humana. Robábamos cadáveres anónimos de la fosa común, pero las soluciones que West les aplicaba vía intravenosa eran auténticos fracasos. Cambió las sustancias químicas y descubrió que cuanto más frescos fueran los cadáveres mejor resultados se podrían obtener. Era necesario que la descomposición no hubiera afectado a las células cerebrales. Un día tuvimos suerte: un joven obrero, muy musculoso, había perecido ahogado. Exhumamos el cadáver y lo llevamos a la granja, donde West le administró una nueva dosis experimental. El joven estudiante creía de una manera vehemente en la teoría de la reanimación, así que cuando, al rato, vio que el cadáver seguía inmóvil, nos fuimos al laboratorio, sabedores de un nuevo fracaso. Y entonces oímos los inhumanos gritos en la sala de al lado. Nosotros, sin pensar en otra cosa, huímos, dejando que una lámpara de aceite cayera detrás de nosotros e incenciando la granja, con el extraño ser reanimado dentro.
Algunos años después, llegó a Arkham una enorme epidemia de tifus, por la que la Facultad de Medicina cerró y todos los médicos disponibles se pusieron a la tarea de curar enfermos. Nosotros acabábamos de graduarnos. También estaba allí el decano de la Facultad, Allan Halsey, el acérrimo enemigo de Herbert que le había prohibido experimentar. El decano, considerado un héroe, murió en medio de la epidemia. Entre tanta muerte y putrefacción, West se sentía invadido por su trabajo experimental. Una noche, llevaron un cadáver a la pensión donde vivía el joven médico. Después de administrarle la dosis, el cadáver se reanimó, empezó a golpear a sus dos acompañantes y escapó. Todo el mundo pensó que había sido un salteador. Pero poco después, ese macabro ser empezó a asesinar a mucha gente y, finalmente, se organizó una batida para capturarle. El maquiavélico ser, de una extraña mutación simiesca y tan horrible brutalidad, fue encerrado en el manicomio de Sefton. Cuando le vieron el rostro descubrieron un gran parecido con el doctor Hasley, que había muerto hacía unos meses.
Herbert West y el protagonista buscaron una residencia e instalaron su consulta en una ciudad dedicada a la industria textil, Bolton. Su casa estaba alejada del centro y anexa al cementerio de los pobres. En aquel camposanto también robaron cadáveres sin mucho éxito. La suerte les llegó una noche en que hubo un combate clandestino de boxeo, en el que murió uno de los contrincantes, Buck Robinson "El renegrido de Harlem". West dio su palabra de deshacerse del cadáver en secreto, aunque los rumores sobre el combate ilegal se extendieron por toda la ciudad. West consiguió reanimar al boxeador negro en la mesa de operaciones. Cuando volvió a sumirse en el silencio, le enterraron en la fosa común. Poco después desapareció un niño.
West dormía con su pistola. Una noche llamaron a la puerta insistentemente. Ante el umbral se encontraba la figura del boxeador, de cuya boca colgaba una mano infantil, a quien West no dudó en disparar.
Me ausenté un tiempo para ir a ver a mi familia. A mi regreso, el doctor me había hablado de una nueva solución de embalsamamiento que conservaba los cuerpos. Herbert estaba completamente seguro de que los éxitos no eran más grandes porque algún tejido se había corrompido. Allí estaba el cuerpo joven y vigoroso de un comerciante extranjero que había pasado por nuestra casa. Según West, le había dado un paro cardíaco. Pero lo cierto es que aquel hombre despertó con cierta lucidez y lo único que dijo fueron unas palabras en las que implícitamente acusaba a West de su muerte. Es decir, el doctor West había experimentado, por primera vez, con un ejemplar vivo. Poco después, empezó a observar de manera extraña a todos los que veía como experimentos de laboratorio, pese a que gozaban de buena salud.
Entonces estalló la Gran Guerra. En 1915 nos encontrábamos como médicos de campaña en Flandes, luchando contra los alemanes. Yo ya estaba completamente seguro que la enfermedad de West venía de una curiosidad morbosa y devoradora que le había llevado a cometer crímenes infundados. En el hospital de campaña tenía un laboratorio de uso exclusivo donde guardaba tejidos humanos y tejidos de reptiles, para utilizar en sus continuos experimentos con cadáveres. El cirujano al mando, Sir Eric Moreland, había muerto al ser derrotado por las tropas alemanas cuando volvía a nuestro campamento. Este médico había sido alumno de West y había aprendido la teoría de la reanimación. Había sido decapitado en el accidente y West se hizo cargo de su cuerpo. Mientras colocaba el tronco en la mesa de operaciones, la cabeza fue sumergida en el barril donde reposaban los tejidos de reptiles. El doctor West creía en la vida inteligente en el tronco. Y lo cierto es que el cuerpo despertó de su letargo, mientras los sonidos de lo último que había dicho en vida aquel hombre surgían del barril de tejidos. En ese momento, un obús caía sobre el hospital y sólo sobrevivían West y el protagonista.
Cuando acabó la guerra, el doctor West adquirió una mansión en las afueras de Boston, que -cosa inusual- estaba junto a un antiguo cementerio. Allí pretendía reanudar sus experimentos e incluso mandó construir un incinerador de forma clandestina. En el sótano encontraron galerías antiguas que posiblemente comunicaban con algún lugar del cementerio vecino.
Entonces los periódicos se hicieron eco de la noticia: un grupo de macabros y silenciosos seres habían entrado en el manicomio de Sefton para recuperar a aquel ser simiesco que tenía un extraño parecido a Allan Halsey. Habían sembrado el caos y la destrucción a su paso. Los supervivientes habían dicho que el líder llevaba una cabeza de cera y una maleta desde donde salían sus órdenes. Una noche, llamaron a su casa. Cuando fueron a abrir se encontraron con la maleta y con el remite: Sir Eric Moreland. No había nadie.
Herbert West decidió incinerar la cabeza. Cuando estaban en el sótano, los reanimados aparecieron por las galerías. Entre todos descuartizaron a Herbert y sólo dejaron su cabeza. Pero sus ojos brillaban por una extraña emoción.
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