Corría el mes de julio de 1923 cuando el último miembro de la familia Delapore terminó de restaurar la casa de sus ancestros, Exham Priory, cerca de Anchester. Enseguida se mudó allí con varios criados y con numerosos gatos.
La morada de sus antepasados había sido sede de una tragedia horrorosa, de donde el único superviviente, Walter de la Poer, 11º barón de Exham, había huido a Virginia, donde el apellido había variado con el paso del tiempo.
Los restos abandonados hacía tanto tiempo habían sido investigados y adorados por numerosos arquitectos y amantes de lo antiguo, mientras que los campesinos de los alrededores odiaban la casa y a sus inquilinos y, por tanto, los evitaban.
La estirpe superviviente estaba en posesión de un documento escrito que pasaba al primogénito y que sólo antes de su muerte podía leer. Pero en un incendio de su casa de Carfax había perecido el abuelo y el sobre sellado había sucumbido con él.
El último miembro de la familia Delapore no había hecho caso de las leyendas de su familia, hasta que su hijo Alfred fue a la guerra. Allí conoció a Norrys, un vecino de Anchester, que le contaba las leyendas en torno a la casa encantada de los De la Poer. Es entonces cuando su padre, a través de las cartas de Alfred, empieza a interesarse por aquel remoto lugar en Inglaterra. Compra la propiedad y decide restaurarla, pero antes de viajar hasta allí su hijo Alfred vuelve de la guerra terriblemente mutilado, y le cuida hasta su muerte, dos años después.
Entonces es cuando decide visitar la propiedad de sus antepasados. Junto al capitán Norrys, el amigo de su hijo, observa las ruinas medievales y las piedras ancestrales. Se da cuenta de que todos los habitantes de los alrededores, excepto Norrys, le evitan. Empieza a interesarse por las leyendas y rumores que giran en torno a la antigua casa, que para muchos es la guarida de demonios y hombres lobo.
Delapore investiga la historia de aquel lugar. Primero fue el solar de un templo prehistórico, luego se convirtió en un altar de culto a Cibeles, más tarde pasó a ser un priorato de piedra que quedó derruido tras la conquista normanda y, finalmente, el rey cede la propiedad al primer barón de Exham, Gilbert de la Poer, que levanta un castillo.
Al dueño le intrigan las inscripciones paganas del sótano. Sabe que allí sus antepasados realizaban cultos secretos, presididos por el jefe de la familia y al que tenían acceso muy pocos miembros. Los más sanos morían de forma extraña. Los lamentos y alaridos surcaban el valle yermo. Se producían desapariciones de campesinos. Se hablaba de demonios con alas de murciélago que hacían aquelarres en el sótano. Pero la leyenda que más versiones tenía era la de las ratas que invadieron el castillo al ser abandonado y que, como tal plaga, lo dejaron desolado y sin vida.
Walter, con ayuda de unos criados fieles, había matado a todos los miembros de su familia mientras dormían. Así purgaba una maldición inmemorial. Los campesinos le habían dado el visto bueno y, libre de cargos, había huido.
Después de instalarse en la nueva casa, el último Delapore se dio cuenta de que los gatos estaban inquietos por las noches. Habló con Norrys y pusieron cepos en sitios estratégicos. Pero los cepos aparecían disparados y sin nada.
El dueño empezó a escuchar por las noches las carreras de los animales por detrás de las paredes. Les oía, igual que sus gatos. Detrás de los tapices no han nada más que piedra arreglada. Con Norrys explora la cripta, donde hay un altar central muy antiguo. Norrys raspa el liquen de los bordes y sienten una pequeña corriente de aire. Entonces descubren que debajo hay pasadizos subterráneos.
Al día siguiente marchan a Londres a pedir ayuda a eruditos. Y con ellos vuelven cinco investigadores. Cuando consiguen apartar el altar de piedra, observan unas escaleras de piedra llenas de huesos humanos y semihumanos. Casi todos tienen señales de roeduras y mordeduras de una raza semihumana. Casi todos los esqueletos están en posturas frenéticas. Siguen el pasadizo, alumbrado por luz natural y llegan a una caverna subterránea con edificios semiderruidos, todos llenos de huesos, esqueletos y calaveras. Al fondo, en la oscuridad, se extienden infinidad de pozos.
Y entonces oyen el ruido de las ratas que vienen hacia ellos.
Cuando Delapore despierta varias horas después, le cuentan que el capitán Norrys ha sido devorado y que él estaba farfullando en gaélico, mientras su gato preferido le desgarraba el cuello. Han volado el priorato de Exham y Delapore ha sido ingresado en un manicomio.
La morada de sus antepasados había sido sede de una tragedia horrorosa, de donde el único superviviente, Walter de la Poer, 11º barón de Exham, había huido a Virginia, donde el apellido había variado con el paso del tiempo.
Los restos abandonados hacía tanto tiempo habían sido investigados y adorados por numerosos arquitectos y amantes de lo antiguo, mientras que los campesinos de los alrededores odiaban la casa y a sus inquilinos y, por tanto, los evitaban.
La estirpe superviviente estaba en posesión de un documento escrito que pasaba al primogénito y que sólo antes de su muerte podía leer. Pero en un incendio de su casa de Carfax había perecido el abuelo y el sobre sellado había sucumbido con él.
El último miembro de la familia Delapore no había hecho caso de las leyendas de su familia, hasta que su hijo Alfred fue a la guerra. Allí conoció a Norrys, un vecino de Anchester, que le contaba las leyendas en torno a la casa encantada de los De la Poer. Es entonces cuando su padre, a través de las cartas de Alfred, empieza a interesarse por aquel remoto lugar en Inglaterra. Compra la propiedad y decide restaurarla, pero antes de viajar hasta allí su hijo Alfred vuelve de la guerra terriblemente mutilado, y le cuida hasta su muerte, dos años después.
Entonces es cuando decide visitar la propiedad de sus antepasados. Junto al capitán Norrys, el amigo de su hijo, observa las ruinas medievales y las piedras ancestrales. Se da cuenta de que todos los habitantes de los alrededores, excepto Norrys, le evitan. Empieza a interesarse por las leyendas y rumores que giran en torno a la antigua casa, que para muchos es la guarida de demonios y hombres lobo.
Delapore investiga la historia de aquel lugar. Primero fue el solar de un templo prehistórico, luego se convirtió en un altar de culto a Cibeles, más tarde pasó a ser un priorato de piedra que quedó derruido tras la conquista normanda y, finalmente, el rey cede la propiedad al primer barón de Exham, Gilbert de la Poer, que levanta un castillo.
Al dueño le intrigan las inscripciones paganas del sótano. Sabe que allí sus antepasados realizaban cultos secretos, presididos por el jefe de la familia y al que tenían acceso muy pocos miembros. Los más sanos morían de forma extraña. Los lamentos y alaridos surcaban el valle yermo. Se producían desapariciones de campesinos. Se hablaba de demonios con alas de murciélago que hacían aquelarres en el sótano. Pero la leyenda que más versiones tenía era la de las ratas que invadieron el castillo al ser abandonado y que, como tal plaga, lo dejaron desolado y sin vida.
Walter, con ayuda de unos criados fieles, había matado a todos los miembros de su familia mientras dormían. Así purgaba una maldición inmemorial. Los campesinos le habían dado el visto bueno y, libre de cargos, había huido.
Después de instalarse en la nueva casa, el último Delapore se dio cuenta de que los gatos estaban inquietos por las noches. Habló con Norrys y pusieron cepos en sitios estratégicos. Pero los cepos aparecían disparados y sin nada.
El dueño empezó a escuchar por las noches las carreras de los animales por detrás de las paredes. Les oía, igual que sus gatos. Detrás de los tapices no han nada más que piedra arreglada. Con Norrys explora la cripta, donde hay un altar central muy antiguo. Norrys raspa el liquen de los bordes y sienten una pequeña corriente de aire. Entonces descubren que debajo hay pasadizos subterráneos.
Al día siguiente marchan a Londres a pedir ayuda a eruditos. Y con ellos vuelven cinco investigadores. Cuando consiguen apartar el altar de piedra, observan unas escaleras de piedra llenas de huesos humanos y semihumanos. Casi todos tienen señales de roeduras y mordeduras de una raza semihumana. Casi todos los esqueletos están en posturas frenéticas. Siguen el pasadizo, alumbrado por luz natural y llegan a una caverna subterránea con edificios semiderruidos, todos llenos de huesos, esqueletos y calaveras. Al fondo, en la oscuridad, se extienden infinidad de pozos.
Y entonces oyen el ruido de las ratas que vienen hacia ellos.
Cuando Delapore despierta varias horas después, le cuentan que el capitán Norrys ha sido devorado y que él estaba farfullando en gaélico, mientras su gato preferido le desgarraba el cuello. Han volado el priorato de Exham y Delapore ha sido ingresado en un manicomio.
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