
En estos últimos días me llegan fugaces ráfagas de ciertos momentos del último año. En muchos de esos momentos aparece él y todos aquellos instantes en los que estaba él están cargados de una magia extraordinaria.
Pensar en él no sólo me tranquiliza. Hay mucho más que trasciende lo real, una fuerza invisible que está por encima. Sólo tengo que hacer una prueba: puedo estar pasando el peor día de mi vida, con sólo evocar su perfil el día que me trajo a casa (una foto en sepia guardada en el álbum de mi retina) es suficiente para quitarme la mitad de las cargas que tenga sobre la espalda; puedo sentirme emocionalmente triste, que pensaré en cualquier día de fiesta en que me he encontrado con él y sonreiré.
Es curioso porque a través de estos recuerdos comprendo lo mucho que he llegado a quererle, soy incapaz de calcular en qué momento empecé a encariñarme con él. Creo que desde entonces sueño con él todas las noches (aunque la mayoría no recuerde lo que he soñado), me levanto con una sonrisa de oreja a oreja porque es el primer pensamiento que tengo cada mañana, ansío encontrarme con él en cualquier momento (a veces ocurre) y me da la sensación de que el paisaje que me rodea tiene otro color desde que sé de su existencia. Quizás sea un pintor que ha coloreado lo que hay enfrente de mí con pinceladas imaginarias. Lo que es cierto es que a medida que he ido conociéndole los colores del mundo se han ido tornando cada vez más intensos.
Si hace un año alguien me cuenta al oído todo esto no me lo hubiera creído. Lo curioso es que él siempre ha estado ahí, aunque nunca antes nos hubiéramos visto.
Con todos estos pensamientos que invitan a la tranquilidad es hora de ir a dormir, a soñar quizás con él una vez más.
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