
Espero que hoy no me den las diez en la oficina, aunque estoy casi segura de que me iré tarde. Y marcharse más tarde de las nueve significa que tengo que cruzar calles solitarias, una ciudad fantasma, no se ve a nadie. Buscas ese resguardo de seguridad que llega cuando cruzas la puerta de tu casa. Cuando voy a esas horas por la calle descubro la desolación del invierno en toda su magnitud. Es lógico que me dé algo de miedo, aunque sólo aparece en el momento en que estoy pensando en marchar.
Aunque últimamente dejo de lado ese pánico. Pienso en esa especie de ángel y siento que ese terror a las calles solitarias se queda en la acera y yo sigo caminando, como si tuviera un ángel de la guarda y, con ello, me sintiera protegida de alguna forma. Me siento completamente hechizada.
(Fin del paréntesis).
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