sábado, febrero 20, 2010

Antes de partir

Antes quedábamos siempre a las 22.30h. A medida que van pasando los años, cada vez salimos más tarde. Espero estar a las once en el bar tomando café, aunque la hora es indiferente. Al final, lo verdaderamente importante es saber dónde están todos en cierto momento.
Antes entraba a la ducha a las nueve para salir puntual a esta hora. Hoy aún sigo vestida con la ropa del día y, en cierto modo, me da algo de pereza ducharme, vestirme, pasarme las planchas por el pelo, maquillarme... Sólo que me obligo a hacerlo: nunca se sabe a quién te puedes encontrar por la calle.
Obligarse a hacer cosas... Esto tiene mucho para hablar. Es un tema único. Yo pocas veces me tengo que obligar a hacer las cosas, no suelo decirlo en voz alta, lo hago y punto. Pero no comprendo a la gente que dice que va a hacer algo y sigue sentada en el sitio, incrementando una dejadez y una desidia incomprensibles.
Cuando estaba en el Colegio Mayor, tenía una amiga que cayó en una crisis psicótica un tanto extraña: durante meses había estado contando mentiras bastante gordas y crueles a todas las personas que tenía a su alrededor. Un día, fui a verla a su habitación y estaba como dopada en la cama a las siete de la tarde. Le pregunté qué le pasaba, pero no supo contestarme o quizás no supo quién era. En ese momento no reconocí el avanzado estado depresivo en que se encontraba. Unos días después estaba recuperándose en casa. Recuerdo que la llamamos y nos pedía perdón. Yo aún desconocía el germen del problema: la cantidad de mentiras que nos había contado. Cuando lo descubrí no la juzgué, como hicieron otras personas que, decepcionadas, se apartaron de ella. Volvió e iba de victimista. Yo intenté animarla, hasta que me enfadé. Me enfadé porque la apreciaba, a pesar de su -si puede denominarse así- enfermedad. Recuerdo que me la encontré con otra chica tumbada en la cama, haciéndose la enferma. Reconocí que era un estado mental, descubrí en esos segundos que curarse estaba en sus manos y no en las que la rodeábamos, por mucho que intentáramos impulsarla a hacer cosas de manera positiva. Sólo le dije una frase: "Mari, si no pones nada de tu parte por curarte, jamás conseguirás recuperarte; nosotras no podemos hacer nada para ayudarte si tú no te ayudas a ti misma". Sin darle tiempo a responder, me fui. Pocos días después se encontraba mejor y me lo agradeció: se estaba obligando a recuperarse, porque nunca había dejado de ser un estado mental y no físico. Y se recuperó. En esa crisis perdió amigas, pero nunca perdió las que continuamos a su lado, en lo bueno y en lo malo.
Mari estudió Filología Inglesa y ahora es profesora de inglés de un colegio de la capital de su tierra. Nunca ha vuelto a emparanoiarse; no sé si cuenta mentiras o no, pero aquel peliagudo asunto quedó atrás.
Cuando digo que tengo que obligarme a prepararme esta noche no lo comento como una obligación en sí misma. Lo haré sin más, quizás mecánicamente, aunque con la mente volando en todas las direcciones. Y sí, es hora de ponerme a ello.
Pero antes... cerraré los ojos y repetiré un deseo vehemente, a ver si hoy tengo mejor fortuna que ayer.

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