Hace unos días me decía una amiga que no iba a ir a votar, porque no servía para nada. Le dije que eso no es cierto, que es un derecho de todos por el hecho de vivir en una democracia, que para llegar al momento en que un español deposita sus votos en una urna hemos sufrido mucho a lo largo de los siglos. No quiso entenderlo.
Acabo de venir del colegio electoral. Yo sí que hago uso de mi derecho de voto.
Creo que en mi vida habré dejado de votar dos veces, por pereza de enviar el voto por correo y porque con dieciocho y veinte años me consideraba un tanto apolítica. Aunque no era eso realmente, entonces no comprendía la política.
En mayo, como me iba de viaje, eché el voto por correo. Lo que me gusta de votar es depositar las papeletas en la urna. Nunca dejo que me las eche nadie. Me gusta escuchar mi nombre en voz alta mientras meto las papeletas. Ese gesto me parece muy simbólico.
No concibo el "no voto porque no sirve para nada", pues peor sería decir hace cuatro décadas "no voto porque no tengo ese derecho".
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