El sueño se va apoderando lentamente de todos mis órganos y, a pesar de esa semi inconsciencia en la que me hallo en estos momentos, necesito escribir, contar, hablar... desahogarme en definitiva, aunque sé que lo que diga no serán más que metáforas estudiadas, misterios ocultos que no quiero desvelar.
Hay dos preocupaciones constantes en mi vida, dos imágenes, dos rostros que se van intercalando con notas discordantes e intermitentes. Son los rostros del silencio. De uno de ellos no hablaré, porque hay cosas que no se pueden cambiar y ya sólo me quedan los recuerdos de aquello que fue y que ya no será. Y esos recuerdos me estremecen, pero me brindan una insólita felicidad, porque siento su proximidad.
La otra mirada es menos dolorosa, pero constante. Esos instantes que nunca se terminan de difuminar. A veces me pregunto si siento odio, repulsión o desprecio, y entonces me invade un cariño incontrolable. Me preocupa que pueda odiar de verdad, porque no quiero convertirme en un árbol que se va pudriendo por dentro. Me gustaría poder sentir indiferencia, poder dejar en blanco esa parte de mi vida y seguir caminando. Me gustaría poder decir que no le quiero, pero al pensar en él me siento viva, como si realmente la savia fluyera raudamente por mis venas. Nadie se merece un tormento así. Me gustaría poder irme a dormir y que al cerrar los ojos, por una vez, no fueran los suyos lo último que viera antes de entregarme a la sutil docilidad del sueño. Y en esta confusión de sentimientos se hace presente una rabia que jamás había sentido por nadie.
Olvidar... Debería olvidar... Lo he intentado tantas veces que ya ni me acuerdo cuando lo probé por vez primera. Ahora me he olvidado de olvidar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario