Francesc Català-Roca, Señoritas paseando por Gran VíaSalamanca es una ciudad tan cosmopolita que todos pasan desapercibidos. Pero yo conocí, inevitablemente, ciertos especímenes a los que voy a hacer el honor en pocas líneas. Son personas que llaman la atención por su cultura, sus rutinas o su personalidad. Curiosamente son todas féminas. También hay varones extraños, pero, visto lo visto, somos las mujeres algo más desquiciadas.
Chusa, ¿futura doctora?
Ni por edad ni por físico aparentaba tener el doble de mi edad. Con dieciocho años, yo la hubiera echado unos siete u ocho más, hasta que me llegaron los rumores y luego lo comprobé en su ficha, un día que llegamos a hurtadillas, amparadas por la oscuridad y el silencio de la noche, al despacho de la directora del Colegio Mayor. Estudiaba Medicina y nadie sabía en qué curso estaba, aunque es cierto que no se presentaba a los exámenes.
Cuando yo llegué a Salamanca tenía treinta y seis años y aún no había terminado los seis años primeros de su carrera. Si contamos el MIR y en caso de que se especializara... podría acabar la carrera siendo una ancianita. Supongo que acabó dejándolo.
Yo no puedo imaginarme llegar a esa edad y convivir con muchachas que podrían ser mis hijas. Pero ahí estaba.
Chusa tenía un trauma, pero no lo veo suficiente excusa para seguir en el Colegio Mayor a su edad. Una hermana se suicidó cuando era muy joven.
Me caía bien, espero que la vida le haya deparado muchas alegrías y deseo que no siga allí con las monjitas.
Leticia y su locura transitoria
Se trataba de una persona muy inteligente, de éstas a las que finalmente se les termina yendo la pinza, como así ocurrió. Tenía una mirada azul, acerada y fría, que observaba con una curiosidad extrema. A veces daba miedo. Estudiaba Filosofía porque –dijo- “no quería estudiar otra cosa” y sus notas eran excelentes: entre sobresalientes y matrículas su expediente académico podría colocarla entre las primeras de su promoción.
Físicamente era normal, quizás poco femenina por unos andares plomizos y algo desgarbada. Vestía gruesos jerseys y vaqueros habituales, que acentuaban sus maneras masculinas.
En el primer botellón, antes de la llegada de la Ley Seca, nos fuimos al parque de San Francisco con alcohol. Estábamos sentados en círculo y, de repente, Leticia se puso a saltar cual chimpancé entre los poyos de piedra, ante la sorpresa del resto del grupo, que nunca la habíamos visto de aquella guisa. Ni que decir tiene cuál sería el comentario más reiterado al día siguiente y meses posteriores a propósito de aquel botellón.
Dos años después habíamos perdido el contacto, aunque seguía aquí. Sin embargo, fui informada de que su esquizofrenia había ido a más. Iba al loquero y las pastillas que le recetaban debían ser bastante fuertes. Mi amiga M. se la encontró tirada en un bar y sin signos fehacientes de haberla reconocido. Después me enteré de que volvió a su tierra y fue internada en un centro para enfermos mentales. No se volvió a saber más de ella.
Mari, mentirosa compulsiva
Contar la historia de Mari es la que, sin duda, más dolorosa me resulta. Porque conviví con ella durante mucho tiempo, salí con ella e incluso tuvimos nuestros momentos de confidencias. Estudiaba Filología Inglesa y le iba bien. En exámenes se levantaba a las tres de la madrugada para estudiar y, pese a las trabas de algunos profesores sobre los que corría el rumor de que eran huesos duros de roer, ella solía aprobar a la primera. Sé que ahora es profesora de inglés en un colegio de su tierra, lo que me agrada.
Pero en una época tratar con Mari fue tan desagradable... En su dormitorio habíamos creado “la Cantina”, nuestro bar comunitario, siempre abierto para el grupo de amigas. Allí nos reuníamos, charlábamos, criticábamos, rumoreábamos... En fin, allí nos reíamos y disfrutábamos de esos momentos de libertad, entre galletas y zumos, porque allí había un aprovisionamiento insólito de todo tipo de comida y bebidas light.
El rumor de haber creado un pub imaginario en el Colegio Mayor llegó hasta oídos de las monjas, que sabían dónde encontrarnos si querían algo de nosotras. También el círculo se fue ampliando y aquel año conocí a gente con la que, de otra forma, quizás no hubiera tenido relación.
Aquel año me enteré de que Mari iba a una psicóloga de Salamanca que la recetaba unas pastillas muy fuertes. Tanto que empezaron a afectarle a la razón. Y comenzó a contarnos unas trolas tan grandes que jamás mente humana podría haber imaginado. Lo sorprendente es que siempre se acordaba de todo. Lo difícil no es contar una mentira, sino conservarla. Yo no sé si era consciente o inconsciente todo aquello. Creo que cuanto más historias admirables, pero creíbles, nos contaba, más proclive era a añadir detalles y comentarios, a veces parecía una manera de ser el centro de atención. Una tarde me la encontré tumbada en la cama y totalmente grogui. A los dos días se había ido a casa. En nuestra ignorancia, la llamamos a casa y recuerdo su voz al otro lado, llorando y pidiendo perdón. No sabía entonces por qué, pero muy pronto las monjas nos lo dirían, alegando que había mezclado las pastillas. La decepción fue inmensa; ya nada volvería a ser como antes.
Regresó a Salamanca y yo seguía hablándola normal, hasta que hizo alarde de un victimismo brutal. Entonces me encaré a ella.
-Curarte está en tus manos. Ni tu psicóloga ni yo ni nadie puede curarte, excepto tú misma. Piénsalo.
Y supongo que lo pensó y siguió mi consejo, porque no volvió a tener problemas de este estilo.
Miren y su conexión con los ángeles
De todos los estudiantes de psicología que conocí un 99% entraba en ese amplio círculo que había escogido esa carrera para autotratarse y es que, en cierto modo, esos futuros psicólogos estaban como cabras. Miren, aparte de esto, era una excéntrica con una imaginación demasiado fantasiosa. Además, su tema habitual de conversación era el sexo (perlitas como que “tragárselo” provoca acidez y cositas así).
La primera impresión que tuve de ella fue el de una chica sensata, ¿qué iba a pensar yo entonces que se le iría la cabeza de ese modo...? Cuando la conocí había metido en su residencia a un gabacho al que parecía tener prisionero en su habitación. Desde la calle se veía al chaval sentado en la ventana tomando el aire, porque Miren no le dejaba salir. Le llevaba las sobras de su comida y luego se lanzaban al tema. Es curioso que, estando mi habitación pared con pared, jamás escuchara un simple jadeo. El caso es que luego Miren me contó la historia del francés. Diez años antes ella había ido a Francia donde se habían conocido y había surgido una historia sentimental. Se habían mantenido en contacto hasta ese verano a través de cartas, pero no habían vuelto a verse, hasta ese verano, que ella cogió un tren y se presentó en París o dondequiera que él viviera. Y ahora era el galo quien había venido. Estuvo enclaustrado en la residencia –femenina- durante dos o tres meses, hasta que partió, imagino que aburrido de la inactividad de esas cuatro paredes o envenenado por el olor del sexo.
El tiempo pasó y un día, durante una comida, Miren dijo que ella cerraba los ojos y los ángeles le escribían lo que debía hacer. Yo pensaba que se estaba quedando con la gente, pero no, ella hablaba en serio. Tuve que marcharme a reírme lejos porque aquello me resultaba demasiado ridículo y absurdo.
María y la ninfomanía pura
Alta, rubia, con rasgos de diosa griega y espaldas de deportista, María llamaba la atención, aunque en muchas de las fotos parece un travesti por su excesivo maquillaje. Tenía un gran corazón y quizás eso hacía que mucha gente se aprovechara de ella. Pero era una salvaje en todo lo que se refiere al tema sexual. Tenía mil novios y siempre estaba insatisfecha y quería más y más. Usaba a los hombres como trozos de carne para buscar su satisfacción sexual y, cuando no la conseguía, era capaz de entregarse al primero que se encontrara por la calle.
Yo he conocido a una María que ha ido en una misma noche a tres pisos diferentes y se ha tirado a todos aquellos que se cruzaran por su camino: fue a casa de un italiano, se tiró al italiano y a su compañero de piso, como quería más, se fue a casa de un ex y como el ex no estaba se pasó por la piedra a quienquiera que estuviere allí y, por si no fuera suficiente, se marchó a la calle en busca de más miembros nuevos, que le dieran el placer que llevaba buscando desde que había oscurecido. Todo aquello en una sola noche y lo hacía a menudo.
Cristina y su ego apabullante
Réplica exacta de la niña de Monstruos Inc., era pija hasta la médula, alardeaba de la fortuna de su familia y de las pollas que había mamado. En su mesilla tenía una farmacopea que recetaba a todo el mundo que se encontrara mal, aunque fuera un simple dolor de cabeza, aunque estudiara Publicidad y no Medicina. Se tomaba varios ansiolíticos al día y tranquilizantes para dormir, era muy inquieta y dominante y creía que no había nadie como ella. Intentaba atraer la atención sobre su persona de tal manera que hacía que el resto de la gente huyera de su presencia por ese afán de control sobre el resto de la gente. Se creó muchas enemigas y siempre que estaba ella en alguna sala de la residencia había bronca. Estuvo unos meses en el médico y se respiró entonces paz y tranquilidad, que no duró mucho. A mí me producía compasión e intentó hacer buenas migas conmigo, pero no soporto que alguien intente controlarme, así que durante unos meses estuvimos enfadadas, hasta que al final nuestra bronca resultó nimia en comparación con el complot creado en la residencia contra ella. Dicen que los enemigos comunes alían al resto, y así resultó ser. Fue entonces cuando yo hice las paces con ella. Imagino que me daba mucha pena, porque entre sus palabras dejaba entrever que en su familia estaba anulada y era eclipsada por unos hermanos que rozaban la perfección. Así que cuando nos despedimos nos llevábamos bien, aunque yo no me esforcé en darle mucha confianza porque seguía pensando en ella como una “desquiciada”, pero no era mala chica.
Y la mejor, sin duda alguna, es Lorena. Indescriptible en una sola palabra. Con gran fortaleza física que había desarrollado por variadas tareas agrícolas y una incipiente chepa, un cuerpo serrano sin cintura y acompañada de prendas de vestir de una horterada irremisible, la muchacha era la típica paleta que salía de casa por primera vez. Nunca había ido de fiesta, nunca se había liado con un tío, nunca se había desmadrado. Así que llegar a Salamanca debió suponer para ella un cambio tan radical como ir del blanco al negro.
La primera vez que hablé con ella estábamos en una habitación del Colegio Mayor un grupo numeroso de veteranas y Lorena como única novata, que contaba con el privilegio de escuchar nuestras conversaciones porque entre las veteranas estaba una de su pueblo. Era tan tímida que sólo escuchaba y no se atrevía a tomar parte de la conversación, así que en cierto momento en que hablábamos de hombres, atiné a preguntar:
-Bueno, ¿y tú tienes novio?
Yo imaginaba la respuesta, aunque ciertamente la intuición podía haberme inducido a error.
-¿Y no te gusta nadie?
Entonces fue cuando nos contó que le gustaba un mecánico que hacía de cofrade en las procesiones de Semana Santa. Nos lo describió.
-Y bien, ¿has hablado con él?
-Es que yo no me atrevo a hablar con los tíos.
Reprimí mis carcajadas. En mi mente veinteañera no podía concebir algo así.
-Bueno, tú sal unos días con nosotras y verás qué pronto se te quita la vergüenza.
Y así fue. El primer día ya le gustaba un tío que para ella era inalcanzable. Él era muy educado, un tío que era abogado y estaba terminando por aquella época la carrera de Historia. Además escribía poesía y prodigaba una inteligencia y locuacidad increíbles. Cuando Lorena dijo que le gustaba la empujamos a hablar con él. Lo cierto es que él se coscó enseguida, pero siguió tratándola de una manera agradable y educada, sin darle pie a nada. Imagino que por su mente imaginó algo como: “Ya pasará”. En verdad que ese tío no era para Lorena, pero ¿quién era capaz de destrozar sus ilusiones? Al fin y al cabo, ella no hacía nada malo, no le molestaba, sólo hablaba con él en el mismo tono que usaba él.
Que yo sepa, con los dos tíos que se enrolló aquí, uno que no conozco y el otro con novia (se casaría dos años después), se desmadró bastante. Me da la sensación que hizo y se dejó hacer todo lo que se había perdido años anteriores. En cuanto al que tenía pareja, con el que repitió, una de mis mejores amigas y yo la sermoneamos al respecto. No era un desconocido y la novia nos caía bien. Con el otro le metimos miedo en el cuerpo, hablándole de enfermedades contagiosas. Yo creo que por un lado le entraba y por otro le salía.
Lo más desagradable de todo eran los ciclos menstruales de Lorena. Criada en medio de supersticiones de viejas, le habían metido en la cabeza que ducharse en “esos días” podía provocar la muerte. Le intentamos hacer comprender que en esos momentos era cuando había que cuidar más la higiene corporal. No hizo caso. Y no digo más: el período le duraba cinco días y mejor ponerse pinzas, porque dejaba rastro “aromático” adondequiera que fuera.
Chusa, ¿futura doctora?
Ni por edad ni por físico aparentaba tener el doble de mi edad. Con dieciocho años, yo la hubiera echado unos siete u ocho más, hasta que me llegaron los rumores y luego lo comprobé en su ficha, un día que llegamos a hurtadillas, amparadas por la oscuridad y el silencio de la noche, al despacho de la directora del Colegio Mayor. Estudiaba Medicina y nadie sabía en qué curso estaba, aunque es cierto que no se presentaba a los exámenes.
Cuando yo llegué a Salamanca tenía treinta y seis años y aún no había terminado los seis años primeros de su carrera. Si contamos el MIR y en caso de que se especializara... podría acabar la carrera siendo una ancianita. Supongo que acabó dejándolo.
Yo no puedo imaginarme llegar a esa edad y convivir con muchachas que podrían ser mis hijas. Pero ahí estaba.
Chusa tenía un trauma, pero no lo veo suficiente excusa para seguir en el Colegio Mayor a su edad. Una hermana se suicidó cuando era muy joven.
Me caía bien, espero que la vida le haya deparado muchas alegrías y deseo que no siga allí con las monjitas.
Leticia y su locura transitoria
Se trataba de una persona muy inteligente, de éstas a las que finalmente se les termina yendo la pinza, como así ocurrió. Tenía una mirada azul, acerada y fría, que observaba con una curiosidad extrema. A veces daba miedo. Estudiaba Filosofía porque –dijo- “no quería estudiar otra cosa” y sus notas eran excelentes: entre sobresalientes y matrículas su expediente académico podría colocarla entre las primeras de su promoción.
Físicamente era normal, quizás poco femenina por unos andares plomizos y algo desgarbada. Vestía gruesos jerseys y vaqueros habituales, que acentuaban sus maneras masculinas.
En el primer botellón, antes de la llegada de la Ley Seca, nos fuimos al parque de San Francisco con alcohol. Estábamos sentados en círculo y, de repente, Leticia se puso a saltar cual chimpancé entre los poyos de piedra, ante la sorpresa del resto del grupo, que nunca la habíamos visto de aquella guisa. Ni que decir tiene cuál sería el comentario más reiterado al día siguiente y meses posteriores a propósito de aquel botellón.
Dos años después habíamos perdido el contacto, aunque seguía aquí. Sin embargo, fui informada de que su esquizofrenia había ido a más. Iba al loquero y las pastillas que le recetaban debían ser bastante fuertes. Mi amiga M. se la encontró tirada en un bar y sin signos fehacientes de haberla reconocido. Después me enteré de que volvió a su tierra y fue internada en un centro para enfermos mentales. No se volvió a saber más de ella.
Mari, mentirosa compulsiva
Contar la historia de Mari es la que, sin duda, más dolorosa me resulta. Porque conviví con ella durante mucho tiempo, salí con ella e incluso tuvimos nuestros momentos de confidencias. Estudiaba Filología Inglesa y le iba bien. En exámenes se levantaba a las tres de la madrugada para estudiar y, pese a las trabas de algunos profesores sobre los que corría el rumor de que eran huesos duros de roer, ella solía aprobar a la primera. Sé que ahora es profesora de inglés en un colegio de su tierra, lo que me agrada.
Pero en una época tratar con Mari fue tan desagradable... En su dormitorio habíamos creado “la Cantina”, nuestro bar comunitario, siempre abierto para el grupo de amigas. Allí nos reuníamos, charlábamos, criticábamos, rumoreábamos... En fin, allí nos reíamos y disfrutábamos de esos momentos de libertad, entre galletas y zumos, porque allí había un aprovisionamiento insólito de todo tipo de comida y bebidas light.
El rumor de haber creado un pub imaginario en el Colegio Mayor llegó hasta oídos de las monjas, que sabían dónde encontrarnos si querían algo de nosotras. También el círculo se fue ampliando y aquel año conocí a gente con la que, de otra forma, quizás no hubiera tenido relación.
Aquel año me enteré de que Mari iba a una psicóloga de Salamanca que la recetaba unas pastillas muy fuertes. Tanto que empezaron a afectarle a la razón. Y comenzó a contarnos unas trolas tan grandes que jamás mente humana podría haber imaginado. Lo sorprendente es que siempre se acordaba de todo. Lo difícil no es contar una mentira, sino conservarla. Yo no sé si era consciente o inconsciente todo aquello. Creo que cuanto más historias admirables, pero creíbles, nos contaba, más proclive era a añadir detalles y comentarios, a veces parecía una manera de ser el centro de atención. Una tarde me la encontré tumbada en la cama y totalmente grogui. A los dos días se había ido a casa. En nuestra ignorancia, la llamamos a casa y recuerdo su voz al otro lado, llorando y pidiendo perdón. No sabía entonces por qué, pero muy pronto las monjas nos lo dirían, alegando que había mezclado las pastillas. La decepción fue inmensa; ya nada volvería a ser como antes.
Regresó a Salamanca y yo seguía hablándola normal, hasta que hizo alarde de un victimismo brutal. Entonces me encaré a ella.
-Curarte está en tus manos. Ni tu psicóloga ni yo ni nadie puede curarte, excepto tú misma. Piénsalo.
Y supongo que lo pensó y siguió mi consejo, porque no volvió a tener problemas de este estilo.
Miren y su conexión con los ángeles
De todos los estudiantes de psicología que conocí un 99% entraba en ese amplio círculo que había escogido esa carrera para autotratarse y es que, en cierto modo, esos futuros psicólogos estaban como cabras. Miren, aparte de esto, era una excéntrica con una imaginación demasiado fantasiosa. Además, su tema habitual de conversación era el sexo (perlitas como que “tragárselo” provoca acidez y cositas así).
La primera impresión que tuve de ella fue el de una chica sensata, ¿qué iba a pensar yo entonces que se le iría la cabeza de ese modo...? Cuando la conocí había metido en su residencia a un gabacho al que parecía tener prisionero en su habitación. Desde la calle se veía al chaval sentado en la ventana tomando el aire, porque Miren no le dejaba salir. Le llevaba las sobras de su comida y luego se lanzaban al tema. Es curioso que, estando mi habitación pared con pared, jamás escuchara un simple jadeo. El caso es que luego Miren me contó la historia del francés. Diez años antes ella había ido a Francia donde se habían conocido y había surgido una historia sentimental. Se habían mantenido en contacto hasta ese verano a través de cartas, pero no habían vuelto a verse, hasta ese verano, que ella cogió un tren y se presentó en París o dondequiera que él viviera. Y ahora era el galo quien había venido. Estuvo enclaustrado en la residencia –femenina- durante dos o tres meses, hasta que partió, imagino que aburrido de la inactividad de esas cuatro paredes o envenenado por el olor del sexo.
El tiempo pasó y un día, durante una comida, Miren dijo que ella cerraba los ojos y los ángeles le escribían lo que debía hacer. Yo pensaba que se estaba quedando con la gente, pero no, ella hablaba en serio. Tuve que marcharme a reírme lejos porque aquello me resultaba demasiado ridículo y absurdo.
María y la ninfomanía pura
Alta, rubia, con rasgos de diosa griega y espaldas de deportista, María llamaba la atención, aunque en muchas de las fotos parece un travesti por su excesivo maquillaje. Tenía un gran corazón y quizás eso hacía que mucha gente se aprovechara de ella. Pero era una salvaje en todo lo que se refiere al tema sexual. Tenía mil novios y siempre estaba insatisfecha y quería más y más. Usaba a los hombres como trozos de carne para buscar su satisfacción sexual y, cuando no la conseguía, era capaz de entregarse al primero que se encontrara por la calle.
Yo he conocido a una María que ha ido en una misma noche a tres pisos diferentes y se ha tirado a todos aquellos que se cruzaran por su camino: fue a casa de un italiano, se tiró al italiano y a su compañero de piso, como quería más, se fue a casa de un ex y como el ex no estaba se pasó por la piedra a quienquiera que estuviere allí y, por si no fuera suficiente, se marchó a la calle en busca de más miembros nuevos, que le dieran el placer que llevaba buscando desde que había oscurecido. Todo aquello en una sola noche y lo hacía a menudo.
Cristina y su ego apabullante
Réplica exacta de la niña de Monstruos Inc., era pija hasta la médula, alardeaba de la fortuna de su familia y de las pollas que había mamado. En su mesilla tenía una farmacopea que recetaba a todo el mundo que se encontrara mal, aunque fuera un simple dolor de cabeza, aunque estudiara Publicidad y no Medicina. Se tomaba varios ansiolíticos al día y tranquilizantes para dormir, era muy inquieta y dominante y creía que no había nadie como ella. Intentaba atraer la atención sobre su persona de tal manera que hacía que el resto de la gente huyera de su presencia por ese afán de control sobre el resto de la gente. Se creó muchas enemigas y siempre que estaba ella en alguna sala de la residencia había bronca. Estuvo unos meses en el médico y se respiró entonces paz y tranquilidad, que no duró mucho. A mí me producía compasión e intentó hacer buenas migas conmigo, pero no soporto que alguien intente controlarme, así que durante unos meses estuvimos enfadadas, hasta que al final nuestra bronca resultó nimia en comparación con el complot creado en la residencia contra ella. Dicen que los enemigos comunes alían al resto, y así resultó ser. Fue entonces cuando yo hice las paces con ella. Imagino que me daba mucha pena, porque entre sus palabras dejaba entrever que en su familia estaba anulada y era eclipsada por unos hermanos que rozaban la perfección. Así que cuando nos despedimos nos llevábamos bien, aunque yo no me esforcé en darle mucha confianza porque seguía pensando en ella como una “desquiciada”, pero no era mala chica.
Y la mejor, sin duda alguna, es Lorena. Indescriptible en una sola palabra. Con gran fortaleza física que había desarrollado por variadas tareas agrícolas y una incipiente chepa, un cuerpo serrano sin cintura y acompañada de prendas de vestir de una horterada irremisible, la muchacha era la típica paleta que salía de casa por primera vez. Nunca había ido de fiesta, nunca se había liado con un tío, nunca se había desmadrado. Así que llegar a Salamanca debió suponer para ella un cambio tan radical como ir del blanco al negro.
La primera vez que hablé con ella estábamos en una habitación del Colegio Mayor un grupo numeroso de veteranas y Lorena como única novata, que contaba con el privilegio de escuchar nuestras conversaciones porque entre las veteranas estaba una de su pueblo. Era tan tímida que sólo escuchaba y no se atrevía a tomar parte de la conversación, así que en cierto momento en que hablábamos de hombres, atiné a preguntar:
-Bueno, ¿y tú tienes novio?
Yo imaginaba la respuesta, aunque ciertamente la intuición podía haberme inducido a error.
-¿Y no te gusta nadie?
Entonces fue cuando nos contó que le gustaba un mecánico que hacía de cofrade en las procesiones de Semana Santa. Nos lo describió.
-Y bien, ¿has hablado con él?
-Es que yo no me atrevo a hablar con los tíos.
Reprimí mis carcajadas. En mi mente veinteañera no podía concebir algo así.
-Bueno, tú sal unos días con nosotras y verás qué pronto se te quita la vergüenza.
Y así fue. El primer día ya le gustaba un tío que para ella era inalcanzable. Él era muy educado, un tío que era abogado y estaba terminando por aquella época la carrera de Historia. Además escribía poesía y prodigaba una inteligencia y locuacidad increíbles. Cuando Lorena dijo que le gustaba la empujamos a hablar con él. Lo cierto es que él se coscó enseguida, pero siguió tratándola de una manera agradable y educada, sin darle pie a nada. Imagino que por su mente imaginó algo como: “Ya pasará”. En verdad que ese tío no era para Lorena, pero ¿quién era capaz de destrozar sus ilusiones? Al fin y al cabo, ella no hacía nada malo, no le molestaba, sólo hablaba con él en el mismo tono que usaba él.
Que yo sepa, con los dos tíos que se enrolló aquí, uno que no conozco y el otro con novia (se casaría dos años después), se desmadró bastante. Me da la sensación que hizo y se dejó hacer todo lo que se había perdido años anteriores. En cuanto al que tenía pareja, con el que repitió, una de mis mejores amigas y yo la sermoneamos al respecto. No era un desconocido y la novia nos caía bien. Con el otro le metimos miedo en el cuerpo, hablándole de enfermedades contagiosas. Yo creo que por un lado le entraba y por otro le salía.
Lo más desagradable de todo eran los ciclos menstruales de Lorena. Criada en medio de supersticiones de viejas, le habían metido en la cabeza que ducharse en “esos días” podía provocar la muerte. Le intentamos hacer comprender que en esos momentos era cuando había que cuidar más la higiene corporal. No hizo caso. Y no digo más: el período le duraba cinco días y mejor ponerse pinzas, porque dejaba rastro “aromático” adondequiera que fuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario