Le espero un día más, le ansío una noche más, mientras miro el techo de mi habitación en la oscuridad de la noche, tirada en la cama que guarda todas las imágenes de él, todos los recuerdos de él, todos los secretos que al despertar el día se quedan ocultos entre las sábanas arrebujadas. Cada noche imagino un encuentro con él, pero cuando al día siguiente me cruzo con él nada es como había imaginado: es mejor. No puedo imaginar esas sensaciones cuando me encuentro con él. Podré revivirlas, podre recordarlas, podré evocarlas y podré soñarlas, pero las sensaciones sólo serán reales cuando haya una estela de magia que provoque que los latidos de mi corazón suenen más fuerte, que las palabras que yo diga salgan temblorosas o que mis ojos se queden atrapados en una mirada perfecta.
Hacía años que no soñaba tanto, hacía tiempo que no tenía ilusiones tan fuertes, tan vívidas, tan emocionantes. Ese ángel de mirada perfecta hace que broten de mí mil palabras, mil imágenes, mil sonrisas, mil sueños. Tiñe la vida de colores, de risas, de ilusiones.
Él llena mis pensamientos con los más hermosos sueños que perseguir…
¡Cuánto amor a borbotones sale de mis dedos esta noche! Últimamente me encuentro más inspirada. No es que lo vea más que los meses precedentes. Es como si sintiera todo más intensamente. Y entonces tengo esa vital necesidad de escribir cada momento de él. Como si se me pusiera escapar si no lo guardo a través de las palabras.
Le quiero tanto, tanto, tanto… La noche es mágica, porque en el momento en que él puebla mi pensamiento antes de ir a dormir sé que cerraré los ojos con una sonrisa enorme, con su imagen en la mente antes de escabullirme al mundo de los sueños y con un tierno abrazo a la almohada. Esta noche siento la magia.
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