Lo que me llamó la atención de la Catedral de Santa María la Real fue lo robusta que era, como si en sí misma el templo constituyera un pequeño fuerte dentro de una ciudad brillante por sus defensas de piedra. Sus muros son toscos, con muy pocos adornos, y está en un lugar estratégico: en lo alto de una calle, como si ese rincón pamplonés hubiera sido elegido a dedo.
No entré en el interior. Creo que no me interesan los tesoros catedralicios. Sólo quería ver a San Fermín y en la catedral no estaba el Santo de Pamplona. Así que entré en la plaza vallada que a las tres de la tarde estaba abierta para contemplar los muros, la fachada, las torres y las columnas. Me gustaba la tranquilidad que había allí, pero enseguida reanudé mi camino por las calles pamplonesas.
La Catedral de Santa María la Real fue construida durante los siglos XIV y XV sobre los restos de un templo románico que, a su vez, había sustituido al viejo capitolio de la ciudad romana. La fachada neoclásica de 1799 es de Ventura Rodríguez y el interior es de estilo gótico francés. La campana María, situada en la torre izquierda, data de 1584 y es la segunda más grande de España; pesa 12.000 kilos. Dice la antigua leyenda que los difusos límites de la comarca de Pamplona se definen por las tierras hasta donde se escucha su bandeo. El claustro, terminado en el año 1472, está considerado como uno de los más bellos de Europa.
La talla de Santa María la Real es del siglo XII y de estilo románico, la imagen mariana más antigua de las conservadas en Navarra, de madera revestida en plata. El niño y el trono son añadidos, de los siglos XVII y XVIII respectivamente. Frente a ella se coronaban los Reyes de Navarra.
Este templo de más de 1.700 años de historia se ha quemado, destruido y reconstruido en un sinfín de ocasiones.
El 10 de agosto de 1935 desaparecieron de la Catedral de Pamplona varias coronas de oro, joyas, monedas y la famosa arqueta de Leyre, entre otros tesoros. El ladrón había serrado la verja de una de las ventanas. El robo se cifró en cinco millones de pesetas de la época y en la búsqueda de los malhechores se implicó a la policía francesa con detenciones en París y pesquisas en Londres. Un mes después las joyas aparecieron escondidas en unos maceteros de la casa de un conocido joyero de Pamplona en la calle Arrieta. La arqueta fue localizada entre unas zarzas.
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