Adoro levantarme los domingos sin resaca, sin haber trasnochado, sin dolores en los músculos, sin los demonios que aparecen al día siguiente. Y en esos domingos aprovecho para ir al campo, sobre todo si hace sol, como hoy.
He empezado por la ermita, pero como el perrito no paraba de molestar a otros perros más grandes le he llevado a mi árbol, donde he terminado disfrutando de la soledad y de la tranquilidad del silencio, a veces quebrado por el sonido insistente de insectos en la lejanía o por el nostálgico cantar del cuco entre las ramas de los árboles.
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