
Acaban de dar las doce y media en el reloj de la iglesia. Ése es el único reloj que me recuerda que ya va siendo hora de replegarse al país de los sueños, allí donde todo puede convertirse en realidad sin ser real, allí donde no existe la tristeza, allí donde se satisfacen todos los deseos...
Hace poco recordé que casi nunca he tenido pesadillas, que de pequeña tenía unas muy extrañas que vaticinaban que iba a ponerme enferma: soñaba que entre las molduras del techo aparecían pequeños bichos viscosos que se acercaban a por mí. Recuerdo con cierta nitidez aquellas pesadillas por las que descubrí que, cuando aparecían esos seres que sólo estaban en mi cabeza, la mañana siguiente caía enferma. Ocurrió en cuatro o cinco ocasiones y, de repente, sin más, desaparecieron las pesadillas.
Desde entonces todos los sueños que recuerdo me traen buen humor. Últimamente más. Por muchos de esos sueños suelo amanecer con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios cada mañana desde hace bastantes meses...
Es un buen momento para buscarle en los sueños...
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