
Me ha gustado muchísimo este libro, tanto que me lo he leído en menos tiempo del esperado. Incluso se me ha caído la lagrimilla al final.
Se trata del Premio Nadal de este año, y aunque yo hace mucho tiempo que no compro libros por el hecho de que hayan recibido un premio pues terminan decepcionándome, éste llegó a mis manos por una simple casualidad. Cuando leí las líneas del argumento que venían descritas en la contraportada me pareció que podía ser una historia interesante, como así ha sido. De todas formas, las novelas que tienen que ver con el régimen nazi siempre me han llamado la atención: me parece una historia tan increíble la de asesinar de esa manera a tanta gente que me resulta de un esfuerzo terrible imaginarme tal situación. Mi mente no lo acepta completamente y quiere creer que jamás ocurrió algo así, aunque soy consciente de que sí que hubo un Holocausto. Sabes que ha pasado, pero te cuesta creerlo; por lo menos a mí me ocurre.
El estilo de la autora es bastante ameno. Hay dos personajes claramente diferenciados, cuyas formas de pensar se nos despliegan ante los ojos de dos formas diferentes: una, la de Sandra, una joven de treinta años llena de piercings, tatuajes y con el pelo rojo, que no tiene muy claro lo que quiere; la otra forma de pensar es la de Julián, un octogenario que ha vivido demasiado y que se convertirá, de alguna manera, en el guía espiritual de la joven. Obviamente, estemos leyendo a uno o a otro, la forma de escribir cambia radicalmente, porque no habla igual un anciano que una muchacha.
Sandra está embarazada de cinco meses cuando llega a Dianium, un pequeño pueblo del Levante español, para aclarar sus ideas. No está enamorada del padre de su hijo, aunque siente cierto afecto por él, pero no sabe si quiere criar al niño junto a él. En aquel pueblo marítimo, Sandra se aloja en una casita propiedad de su hermana.
Hace la vida de una joven normal que ha ido en busca de la soledad. En septiembre sigue bajando a la playa, cuando tiene un mareo y es socorrida por dos ancianos noruegos, con los que trabará amistad, aunque al principio Sandra tiene claros prejuicios con ellos: no se imagina siendo la amiga de dos personas tan mayores y además extranjeros. Se llaman Fred y Karin. Poco a poco, ellos la introducen en su círculo de amigos. Sandra es una muchacha angelical e ingenua que, al principio, no sabe dónde se mete y ve a los dos ancianitos como dos seres apacibles y pacíficos. Pero nada es como parece, a veces el mal se disfraza de bondad.
Un día, entra en su vida Julián, otro octogenario que al principio sólo quiere ver la casita para un futuro alquiler. Julián ha llegado desde Argentina porque su amigo Salva le escribió una carta. Durante años después de la guerra se afiliaron a una sociedad para 'dar caza' a los nazis que huyeron de Alemania cuando el III Reich se desmoronó y el Führer se suicidó. En la carta, Salva le confiesa que les ha encontrado y que tiene que venir. Pero cuando Julián va a la residencia donde residió su amigo los últimos años de vida, le dicen que ha muerto y no ha dejado nada para él. Empieza a vigilar a los dos noruegos, que le llevan a descubrir a otros nazis que él conoció en el campo de concentración de Mauthausen y, cuando los descubra a todos, tiene intención de ir a la policía. Es entonces cuando la presencia de Sandra en medio de esos seres carroñeros le parece fuera de lugar y le confiesa sus sospechas a la chica. Ella sólo tiene que encontrar el uniforme de oficial de las SS que Fred tiene en su casa y la cruz de oro con la que le condecoraron por su sangre fría. Para entonces, Sandra ya se ha trasladado a Villa Sol con los noruegos, que le dan una pequeña paga por cuidar de Karin.
Sandra y Julián se harán muy amigos, pero tienen muchas personas vigilándoles. Uno de ellos es la Anguila, Alberto, del que Sandra se enamora (y él de ella). Sandra sabe que se está exponiendo ante el peligro, que esos ancianos sólo son "lobos disfrazados de cordero"; a ella también la vigilan y la joven descubre cosas, muchas veces gracias a Julián. Sólo cuando la encierran en su cuarto, se da cuenta de que los viejos nazis quieren a su bebé. Consigue escapar con ayuda de Alberto y Julián la envía a su casa en autobús. Allí Sandra seguirá con su vida.
Julián, por su parte, opta por ir a la residencia donde pasó los últimos años de su vida su amigo Salva, y allí son recluidos también dos de los viejos nazis, a los que intentará hacer la vida imposible. Si bien los viejos no mueren ni son denunciados a la policía como criminales internacionales de guerra, Alberto terminará asesinado como topo, porque realmente era un policía y sólo intentó salvar a Sandra para que se alejara de aquellos 'pirados' racistas.
"El mal no sabe que es el mal hasta que alguien no le arranca la máscara del bien".
No hay comentarios:
Publicar un comentario