
Tengo una terrible sensación. Me voy a ir a las antípodas del globo y no le voy a ver antes de irme; quizás vea su coche todos los días, quizás vea a sus compañeros, a alguien emparentado con él, pero tengo la terrible sensación amarga de que a él no le veré hasta mi vuelta. Y son dos semanas, aunque seguramente me acordaré de él bastante más a menudo de lo que realmente quisiera. Ya lo hago ahora, pero allá lejos tendré que concentrarme en otras cosas. Desconectaré de todo menos de él.
Se me ha echado el tiempo encima. Lo veía tan lejano todo y ahora... Ahora ya no puedo echarme atrás. Sigo pensando que la otra alternativa hubiera estado bien, pero no pudo ser. Me obligaré a no pensar en ello, al fin y al cabo, vaya donde vaya él vendrá conmigo, porque no hay mejor acompañante que aquel que se lleva en el corazón. Sin embargo, me gustaría compartirlo todo con él, aquello o cualquier otro lugar. Al final, el destino elegido termina pasando a un plano secundario.
La sensación de no mirar a sus ojos antes de marchar es apabullante; siento que un péndulo golpea interminablemente mi estómago con el sabor de la acidez.
Y dos semanas, pese a que ahora me parezcan larguísimas, se pasarán volando. Lo único que tengo que hacer es configurar la Blackberry, porque puedo meterme en internet pero no me deja escribir aquí. No sé por qué. Quiero estar cerca estando lejos. Aunque lo que quiero tener cerca no lo puedo tener más cercano.
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