domingo, mayo 23, 2010

A la sombra de un árbol de la ermita


Esta mañana me he despertado demasiado pronto para ser domingo. Me he vestido rápidamente y he llevado al perro a mi árbol, pero había un coche y no me apetecía estar allí. Además tenía sed y ganas de beber agua, y allí, donde estaba, no hay ni siquiera una fuente natural para poder echar un trago. Así que me he acercado a la ermita. Me gusta esa extraña tranquilidad que se respira los domingos por la mañana allí, con gente bajo los árboles almorzando pero sin el mogollón de las tardes.
Me he tumbado bajo la sombra de uno de los arbolitos del césped a leer, mientras el perrito se dedicaba a correr de un lado para otro, muchas veces jugando con los niños.


La tranquilidad se ha visto desplazada por la llegada de un grupo de gente joven que se han sentado no muy lejos de donde yo estaba. Yo estaba tan concentrada que no la he visto llegar.
-¿Qué tal te va todo, A.? Hacía mucho que no nos veíamos.
-Bien –le contestaba mientras echaba un vistazo hacia las personas que estaban con ella. Ha sido suficiente para encontrarme con un rostro que no quiero volver a ver. De repente he sentido la urgente necesidad de marcharme de allí.
Ella ha seguido mi mirada.
-Le odias, ¿verdad?
-No, no le odio. Lo siento, M., pero ya hablaremos en otro momento.
Me he levantado, he llamado al perro y me he dirigido hacia el coche, dando la espalda a una etapa del pasado que no quiero recordar, sabiendo que una de esas personas me seguiría con la mirada hasta que desapareciera de su vista.
Lo que tenía visos de ser una placentera mañana se ha convertido en todo lo contrario gracias a la aparición imprevista de F. Me hubiera gustado hablar con su hermana y no tener que cortar la conversación de una manera tan brusca. ¡Qué turbación!

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