Hoy he dado un paseo por la oficina de ese ángel de mirada perfecta. Pero no estaba. Adoro pasarme por allí de vez en cuando, sobre todo por las tardes, que habitualmente no hay nadie más. Él y yo, y los atardeceres de color naranja.
Después le he visto pasar y le he dicho que para una vez que voy a verle no estaba. Sí, ya sé que podría avisarle, pero hay algo de bohemio en ese romanticismo dejado al azar que me agrada. Y con tanta tecnología a veces nos olvidamos del romanticismo.
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