
Ayer vi en la televisión Leyendas de pasión por enésima vez. Pese a saberme el argumento de memoria, recordé cuando la vi por vez primera en el Colegio Mayor y como me enamoré platónicamente de Brad Pitt. Aunque en realidad no me enamoré del actor de carne y hueso sino de ese Tristan salvaje que encarnaba en la película.
William Ludlow (Anthony Hopkins), un coronel abandonado por su mujer, ha criado a sus tres hijos varones en su gran rancho en las colinas de las Montañas Rocosas. La Iª Guerra Mundial y una bella mujer cambiarán el destino de todos ellos para siempre. Sus hijos son el sensato Alfred (Aidan Quinn), el indómito Tristan (Brad Pitt) y el ingenuo Samuel (Henry Thomas) que acaba de traer al rancho a su bella prometida Susannah (Julia Ormond).
La primera vez que vi esta película lloré en varias ocasiones. En aquella época adolescente, la historia, la leyenda y el salvaje Tristan me impactaron tanto que estuve durante varios días pensando en la película, e incluso la incluí en un artículo que tuvimos que redactar en la materia de Redacción Periodística. Ahora me sigue pareciendo una bella historia, sobre todo la leyenda del oso -cómo empieza y cómo termina-, adoro al indio que nos la cuenta, pero también me parece un tanto empalagosa y un dramón en toda regla. No deja de ser entretenida.
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