A veces siento ese anhelo de decirle algo, de preguntarle cómo le va, de susurrarle que es adorable. Sé que no lo haré. A veces me da la sensación de que me estoy enfriando, igual que el suelo que piso desde hace unos días. Anoche pensaba en ello. Sé que no es así, pero sí es cierto que, a base de frenar los impulsos, he terminado por no hacer ni decir nada, y bien sé todo lo que le susurraría en estos momentos.
Cada vez es más fuerte esa necesidad de él, de mirarle a los ojos y sonreír, porque él siempre me hace sonreír aunque todo lo que me rodee esté impregnado de colores blancos y negros y grises, tristeza y nieve, dolor.
Hay muchas tardes en las que me gustaría decirle que nos fuéramos a tomar algo, cuando camino hacia el coche y veo que él está tan cerca, cuando la nieve cubre su luna trasera y siento el deseo de dibujarle un corazón enorme.
A veces me gustaría susurrarle simplemente que es adorable, que le quiero como jamás he querido a nadie.
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