La tarde de hoy debería estar dedicada para el amor. Era perfecta, con el sol refugiándose en el horizonte rosáceo, con una temperatura completamente primaveral, gente que caminaba en todas las direcciones entre los árboles y yo paseaba con el perro, recordando a un ángel, preguntándome dónde podía encontrarse en esos momentos, aunque no era difícil imaginarlo.
En tardes como la de hoy me iría a cualquier parte del mundo con un ángel. Era una tarde para compartirla.
Últimamente me encuentro contenta, aunque le echo mucho de menos, pero ocurren otras cosas inesperadas que consiguen poner mi punto de atención en otros sitios. Ayer tuve una llamada, bastante incomprensible. Mi pensamiento fue: "¿Por qué siempre nos llama la persona más inesperada y nunca dice nada la persona (o el ángel) cuya voz nos gustaría escuchar todos los días...?". No tengo respuesta.
Amo tanto que temo encontrarme con él. ¿Cómo voy a reprimir el deseo de acariciarle, de mirarle fijamente sin sonrojarme, de escucharle, de darme media vuelta y caminar en dirección opuesta a la que me indique el corazón? Porque el deseo es tan grande que tendré que poner tierra de por medio. No sé si podré.
Lo que siento es tan grande que me desborda.
Amo tanto que temo encontrarme con él. ¿Cómo voy a reprimir el deseo de acariciarle, de mirarle fijamente sin sonrojarme, de escucharle, de darme media vuelta y caminar en dirección opuesta a la que me indique el corazón? Porque el deseo es tan grande que tendré que poner tierra de por medio. No sé si podré.
Lo que siento es tan grande que me desborda.
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