Hoy he leído lo siguiente: “Cuando conocemos a una persona
nueva, se abren ante nosotros muchos caminos nuevos”.
Es una frase que me ha hecho pensar. He regresado al pasado,
a hace casi tres años, a cuando le vi por primera vez, a lo que me hizo sentir.
Unos meses después le conocí y sentí algo especial, algo extraño, algo que
nadie me había hecho sentir antes. Se abrieron nuevos horizontes. En cierto
modo, hasta que él apareció en mi vida llevaba unos meses sintiendo un vacío
extraño, no tenía ganas ni ilusión por amar a nadie, era complicado que
sonriera sinceramente, más bien eran sonrisas como escudos. Entonces apareció
él y me quedé sin defensas.
En sus ojos descubrí todos los sueños, todas las ilusiones,
todas las esperanzas. Y si una persona a la que no conocía podía haber obrado
un milagro así merecía la pena conocerle. La primera vez que le miré a los
ojos, que le escuché, que le hablé fue especial. Me sentía como si hubiera
empezado a caminar por un sendero que hasta entonces se había mantenido oculto.
Supe que la persona que tenía delante era, por lo menos, un ángel.
Estoy conociendo a diario a gente nueva. Pero un día conoces
a una persona que es demasiado especial, que llama la atención sin pretenderlo,
que brilla con luz propia. Aún recuerdo aquella noche como si hubiera ocurrido
ayer. Demasiado especial.
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