Tengo media hora antes de dormir para poder sumergirme en un libro. De hecho, para empezarlo. Pero me apetece pensar en un ángel, recordar sus ojos magnéticos, su sonrisa misteriosa, su voz sensual.
La semana pasada me vi enviándole un sobre con pétalos de rosa de color rojo. Sin escribir nada, sin firmarlo. Él sabría de quién vendría aquello y su significado. Pues ¿acaso no son las rosas rojas un símbolo del amor? Ahora que ya sabe lo que siento por él tendría sentido enviarle algo para que le llegara el martes.
Llevo unos días pensando en ello. No lo voy a hacer porque sobre este tema me siento muy insegura a veces, porque su silencio para mí sigue siendo un muro transparente. Y después de hacer cualquier cosa me arrepentiría después de haberlo hecho. No tendría por qué, puesto que amar es sentir algo muy hermoso. Ser amado también. Sólo que no es justo. Tendría sentido para hacerle saber que, aunque me haya distanciado, sigo queriéndole. También le podría escribir una historia.
Al final, si hago algo seguro que no saldrá en su dirección, que engrosará los recuerdos de esa caja donde guardo cientos de cosas para él.
¿Desde cuándo no me permito hacer locuras por amor? Quizás tema su reacción, no sé. Algo me está frenando.
De todas formas, el martes es un día más. Yo amo todos los días, unos con más intensidad que otros, pero cada día me levanto, pienso en él y me siento feliz. Al pensar en él me siento desbordada de muchos sentimientos positivos, siento cariño, unas ganas inmensas de abrazarle y un deseo que me resulta desconocido en ciertas ocasiones. Muchos días, cuando abro los ojos y pienso en él me siento agradecida, me apetece gritar gracias al mundo, me apetece susurrarle gracias a él, por todo lo que me da quizás sin saberlo, por hacerme sentir así.
Llevo demasiados días sin verle. No puedo vivir sólo de recuerdos ni únicamente de sueños. Pero ahora sí es un buen momento para sumergirme en el mundo onírico, donde siempre aparece él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario