
Hay momentos en que miro hacia atrás y me gustaría regresar a esos años en que las preocupaciones eran mínimas. Cuando pienso en ello, inevitablemente vuelvo a Salamanca, a los primeros años en la facultad de periodismo, a las nuevas amistades, a aquella ciudad que tenía magia en sus calles, a aquellas noches que nos íbamos a ver películas a casa de alguien y el sol aparecía en la ventana. Recuerdo nítidamente las camas improvisadas para cinco o seis personas mientras la televisión nos enviaba fotogramas de una historia ajena. Ni siquiera podría recordar qué películas veíamos entonces. De repente, había amanecido y era hora de marchar, de quitarnos la ropa de la noche anterior, de salpicar las briznas de resaca que aún pudieran quedar.
No sé cómo lo hacíamos. Estábamos en un Colegio Mayor y nos las arreglábamos para pasar toda la noche fuera hasta que viniera el panadero. Algunos días incluso no teníamos suficiente y aparecíamos en el Muérdago. El Muérdago lo abrían a las seis de la mañana y hace pocos años lo cerraron definitivamente por asuntos de drogas. Me resulta extraño haber estado en lugares así, haber entrado en un cuarto de baño y encontrarme en una situación atípica. No sé cómo aguantábamos, pues ni mis amigas ni yo consumíamos drogas, si bien de vez en cuando nos fumábamos algún peta. Pero al menos yo nunca pasé de ahí.
Es curioso, porque ahora, mirando hacia atrás, no me imagino en lugares así.
Pasaron los años, el Muérdago cerró y la gente se asentó. Hoy en día apenas suelo acordarme de mis primeros años en Salamanca, quizás viviéramos como si fuera el último día de nuestras vidas, eran los veinte años y estar fuera del nido. Hoy en día, lo que mejor recuerdo es la gente, pero no las personas que conocíamos de noche, que la mayor parte estaban muy pasadas de rosca, sino aquellas personas que dejaron una huella en mi corazón. Son numerosas y cuando volví no quise mirar atrás, pero es cierto que ahora, cuando lo pienso, vuelvo a sentir el hormigueo de la nostalgia. Aquella ciudad me dio mucho, aunque también me quitó mucho, pero dejó una huella inmensa en mi alma.
Algún día tengo que regresar, pero cuando lo haga no quiero hacerlo sola, quiero ir de la mano de un ángel de mirada perfecta. ¿Por qué con él? Quizás porque me dijo que no conocía Salamanca, pero quizás porque quiero darle algo de mí, quiero darle lo que dejé allí, quiero que vea mi corazón emocionado, que escuche las historias de uno u otro rincón a través de los recuerdos narrados en primera persona, quiero que descubra la magia que yo sentí allí durante una época de mi vida.
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