sábado, enero 25, 2014

Treinta doblones de oro

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Corre el año 1680 en una hacienda sevillana, de un hidalgo venido a menos, don Manuel de Paredes y Mexía. Cayetano Almendro, ‘Tano’, es un joven con estudios de contable que acaba de entrar a servir en la hacienda, desconociendo el estado de ruina en que se encuentra la familia. Al mes de firmar el contrato y conociendo que no va a percibir sueldo alguno, Cayetano se despide de la familia, pero es entonces cuando el ama, Doña Matilda, y Fernanda, la joven a la que el matrimonio ha acogido en su casa y tratado como a una hija, convencen a Tano para que no les abandone.
A medida que pasa el tiempo en aquella casa arruinada, Tano se empieza a enamorar de Fernanda, siendo éste un amor correspondido. Pero el naufragio del Jesús Nazareno, el barco que lleva las futuras ganancias de la casa hace que Tano convenza a Fernanda para hacer su vida lejos de aquella familia rodeada por la desgracia. Con el Jesús Nazareno, habían hipotecado la casa sevillana y muy pronto llegan los acreedores para tomar posesión de la casa. Don Manuel, hijo ilegítimo del gobernador de Santa Cruz de la Palma, manda una carta a sus familiares en Canarias, con la esperanza de que, a la muerte de su padre, le haya dejado algo de herencia. Cuando recibe la respuesta de su medio hermano en La Palma, donde éste le dice que allí heredó una mansión y otras pertenencias, don Manuel decide ir allí con toda su familia: su esposa, Fernanda y Cayetano, así como el administrador de la familia, don Raimundo, pero no llegará a partir, falleciendo mientras preparan la marcha para las islas.
Los cuatro personajes, unidos por la adversidad, embarcan en el puerto de Cádiz rumbo a una vida mejor. El barco en el que se encuentran tiene que dejar a dos religiosos en la plaza fuerte del norte de Berbería, un lugar inhóspito conocido como La Mamora, pero el barco no volverá a hacerse a la mar, porque en aquel lejano lugar, unos barcos moros piratas hacen fuego con el casco, por lo que la familia se tiene que quedar allí durante meses, hasta que la ciudad sea sitiada por el sultán Mulay Ismail, se rendirá y los habitantes del fuerte serán convertidos en cautivos y llevados a Mequinez, la capital del cautiverio musulmán, donde cualquier hombre se lucra con este sistema de cautiverio.

Una de las circunstancias históricas documentadas y reales es la del Cristo de Medinaceli, que se encontraba en la capilla de La Mamora, saqueada por los musulmanes. Llevaron la imagen hasta Mequinez y allí la tiraron en una especie de estercolero. Cuando se hizo efectiva la redención de los cautivos, la estatua del Ecce Homo, entre 17 imágenes de santos cristianos, iba oculta, pero los musulmanes no permitieron que se la llevaran, hasta que el propio sultán salió de su palacio a lomos de su caballo y la cambió por treinta doblones de oro, hecho cierto y documentado. Quería hacer hincapié en este momento histórico, ya que es lo que da nombre al título de la novela. El Cristo de Medinaceli, tras muchos rodeos por toda Europa, terminó en una iglesia madrileña, de donde se saca en los oficios de Semana Santa. Es decir, la imagen existe y su historia por el norte de África a finales del siglo XVII es cierta.

Ésta es la tercera novela que leo de Sánchez Adalid. Me gusta este escritor por el rigor histórico de sus novelas, y en Trece doblones de oro no es menos. Generalmente, en cualquier novela histórica nos encontramos un margen muy grande dedicado a los personajes de ficción, mientras que el trasfondo es la historia real. Sin embargo, con este autor se da mucha importancia a los hechos históricos reales y a los personajes que existieron de verdad. Y aunque los protagonistas son de ficción están muy vinculados a los reales.

El estilo de Sánchez Adalid es fresco, rápido. En esta novela Cayetano cuenta su historia en primera persona, pero sabemos al final que en realidad es un manuscrito enviado a un fraile que termina el libro con una carta, explicando el intercambio de rehenes e imágenes religiosas a finales del siglo XVII en Mequinez. Es muy triste la descripción de decadencia del Reino de España, los cristianos que se cambian de religión, que cometen tropelías sin importar la moral. Un fuerte contraste al haber un amplio sector de la población tremendamente religioso, que llora ante la imagen realista del Cristo Redentor.
Es una novela con la que he disfrutado. Con las novelas de Sánchez Adalid siempre se goza, ya que nos detalla acontecimientos históricos muy de cerca, casi como si fuera una crónica, pero sin salirse de las pautas novelescas. Además es una novela que se lee rápidamente, con un estilo ágil y un lenguaje sencillo, pese a que a veces utiliza términos propios del siglo XVII.
Otra cosa que me ha gustado del libro son las ilustraciones que dan comienzo a cada capítulo, casi vaticinándonos lo que va a ocurrir. Pero para alguien no familiarizado con la época vienen bien porque en estas ilustraciones se plasma los usos de aquella época: la ropa que usaban, las armas que llevaban, algunas partes de la casa, utensilios varios, etc.

LA ESPAÑA DE FINALES DEL SIGLO XVII

El final del siglo XVII consolida una de las épocas más controvertidas del pasado español, la que ha sido considerada por la historiografía como el período de decadencia. El fracaso de la monarquía hispana pone fin a la grandeza del imperio acuñado por los monarcas del siglo anterior. Y las riquezas americanas, lejos de permitir el desahogo, habían venido agravando la situación. Porque España había monopolizado la economía del Nuevo Mundo en una estructura imperial típica, apoderándose de las materias primas y abasteciéndolo de manufacturas, y, ahora, cuando muchas de las riquezas se agotan y todo parece ir a la deriva, no es capaz de gestionar el nuevo panorama que se presenta. Y, mientras tanto, negociantes franceses y holandeses se aprovechan de los últimos metales preciosos que llegan a los puertos de la Península. La realidad es bastante cruda: la corrupción y el caos reinan en la administración, las ciudades están atestadas de pícaros y gentes de mal vivir y crecen el desorden y la apatía.
Termi na un siglo de contrastes desmesurados. Por un lado, se observa cómo las personas que viven atentas a la vida pública en Madrid, Sevilla u otras ciudades, se dan cuenta, estremecidad, de que parecen sobrevenir toda clase de calamidades, miserias, crímenes y fracasos.
No obstante, si bien en lo militar, político y económico la decadencia es palpable, no sucede lo mismo en la literatura y el arte. Los siglos XVI y XVII constituyen el momento literario y artístico más álgido del sentido creativo español, su etapa estelar. De ahí que se denomine el Siglo de Oro de las artes y las letras, en el cual escribieron sus obras magistrales Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo y Calderón de la Barca.
Aquella sociedad presentaba todavía un carácter estamental muy claro heredado de los siglos precedentes, separada en grupos de población muy definidos: la nobleza, el clero, los militares y la clase inferior. Los hidalgos constituían el eslabón más bajo de la nobleza; teniendo fundamentalmente dos orígenes: algunos de ellos pertenecían a familias que habían recibido el título por méritos de la Reconquista y otros habían adquirido la hidalguía en fechas posteriores por servicios u otros méritos. Pero en esta época se había producido ya un paulatino empobrecimiento de los mayorazgos, hasta llegar a extinguirse únicamente por su orgullo y por su pobreza. Y los hijos de los hidalgos, arruinados los más de ellos, buscaban acomodo en el clero y en las tropas. Sobre todo los segundones, es decir, los que no heredaban, se alistaban en la milicia, buscando la aventura y deseosos de obtener por méritos alguna prebenda. También sobreabundaban los hijos bastardos; la descendencia natural de una sociedad tan proclive a la aventura, los viajes, las conquistas…; en una realidad muy marcada por la idea del pecado, en la que los matrimonios se acordaban por conveniencia, generando una infinidad de relaciones extramatrimoniales ilícitas por tanto, pero que eran conocidas por todo el mundo. Como una consecuencia más de la crisis del siglo, hay que destacar el progresivo relajamiento de las tropas. Llegó a extenderse la figura de los soldados españoles como fanfarrones, pícaros e indisciplinados.
La decadencia empieza a extenderse por todos los órganos de la vida cotidiana. Esto produce un desengaño del mundo que provoca la absoluta valoración de lo trascendental, el deseo de escapar al engañoso mundo. Por eso el Barroco se caracteriza por una constante tensión entre vida y espíritu. Aparece en aquella sociedad un hombre que busca la vida con sus placeres, pues la sabe breve; y otro en cambio que tiende al ascetismo, que mira únicamente hacia arriba, al sacrificio por causas grandes y nobles, al optimismo y a la fe. Así es el arte de esta época; un contraste entre dos fuerzas poderosas: una que le invita a ascender y otra que le retiene.
En el hombre del siglo XVII están los valores del Renacimiento, pero en proceso de asimilación y conviviendo con rasgos del espíritu medieval en mayor o menor medida. A fin de cuentas, nos encontramos ante el afianzamiento de un nuevo sistema de valores, de una nueva estética, en una época de esplendor hispano en algunos aspectos culturales y una convivencia conflictiva marcada por el control religioso y estatal.

EL DUQUE DE MEDINACELI
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Juan Francisco de la Cerda, VIII duque de Medinaceli, valido del rey de España desde 1680 hasta su dimisión, en 1691

La indolencia de los últimos Austrias propició que las tareas del gobierno recayeran en el llamado “valido”, un gobernante efectivo, un ministro que tomase sobre sí la pesada carga. Dos grandes personajes tenían capacidad y prestigio suficientes para asumir tan alta responsabilidad: el duque de Medinaceli, sumiller de Corps y presidente del Consejo de Indias, y el duque de Frías, condestable de Castilla, decano del Consejo de Estado.
La muerte de don Juan de Austria había creado un vacío de poder que era preciso llenar cuanto antes. Pero en los primeros momentos era difícil predecir en quién recaería la responsabilidad del gobierno. El rey Carlos II no podía estar solo. Pero no surgía ningún personaje equiparable a don Juan. Un nuevo valido no parecía aconsejable. Pero era urgente atender al gobierno y los proyectos de reforma estaban pendientes.
Por algún tiempo, las intrigas de don Jerónimo de Eguía, apoyado por el confesor del rey y por la duquesa de Terranova, camarera mayor de la reina, dificultaron la elección. Pero finalmnete el rey se decidió por Medinaceli y el 22 de febrero de 1680 se expidió un decreto por el cual se le nombraba primer ministro. La decisión real fue bien recibida, porque el duque era joven todavía. Resultó que el duque no tuvo altura de miras ni energía para sobreponerse al ambiente de crisis y decadencia. Lo real es que acudió al tan acostumbrado recurso de crear juntas que no hizo sino entorpecer la ya lenta marcha de los negocios con sus discusiones y vacilaciones.

LA IMAGINERÍA BARROCA
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Ecce Homo, de Martínez Montañés, siglo XVII

Al iniciarse el siglo XVII, podemos apreciar un hecho trascendental, el de que la escultura española adquirió su particular identidad, pues el barroquismo italiano no encajaba en sus gustos. En España prevaleció de manera definitiva la inspiración de lo natural, de modo que el término “realismo” es el que mejor identifica al arte de la primera mitad del siglo. Era un realismo concreto, sincero, que huye de las abstractas bellezas ideales.
En Sevilla se inicia un período singular con la imaginería de la escuela andaluza. Todavía hoy se admiran en los desfiles procesionales de la Semana Santa sevillana las obras que con este fin realizó Martínez Montañés, autor de imágenes de Cristo plenamente humano. Algo más barroco fue uno de sus discípulos, Juan de Mesa, autor de venerables imágenes como los Cristos del Amor, de la Agonía o de la Buena Muerte y el popular Jesús del Gran Poder.
Los escultores-imagineros, dotados de singulares carismas y fieles a sus creencias, sirvieron a la expresión de este realismo. No conviene olvidar que esta inspiración tan singular nació y se desenvolvió en plena Contrarreforma, en la que había que afirmar frente a las corrientes adversas a las imágenes el valor catequético, religioso y espiritual de éstas, mostradas al pueblo en procesiones que de forma rápida se hicieron multitudinarias.

LA MAMORA
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La Mamora en el siglo XVII

En los siglos XVI y XVII se conoció como La Mamora o La Mámora a una población-fortaleza que actualmente está en ruinas, junto a la ciudad marroquí de Mehdía, en el norte de Marruecos. Situada en las costas del Atlántico, a 115 kilómetros de Larache y 25 de Salé, se halla adentrándose unos dos kilómetros en el río Sebú. Fue conquistada por los portugueses en 1513, tras la toma de Azamor, y el rey Manuel I mandó que se edificase con fines estratégicos un baluarte. Esta primera construcción sólo preveía defender el fondeadero, pero no servía frente a un ataque por el lado de tierra, lo que hizo que se perdiera pronto, llegándose a convertir en reducto de piratas bajo el mando del inglés Mainwaring durante algún tiempo.
Tras la conquista de Larache en 1610, los españoles dominaron esta parte de la costa, ocupando La Mamora en agosto de 1614. A partir de esta fecha, la fortaleza fue rebautizada como San Miguel de Ultramar. La población española construyó un frente y junto a él creció una población amurallada, que tuvo que resistir los continuos ataques musulmanes. En 1680, la fortaleza fue sitiada por el sultán de Mequinez, Mulay Ismail, y los soldados españoles se amotinaron porque preveían que no podrían combatir contra el ejército musulmán, por lo que se decidió rendir la plaza. Los residentes del fuerte fueron apresados y llevados cautivos, excepto trece personas de autoridad que fueron embarcados con dirección a España.

MEQUINEZ
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Mequinez

La ciudad marroquí de Mequinez, en árabe M’knas y en francés Meknes, está situada al pie de las montañas Atlas Medio, en un valle verde, a unos 130 kilómetros de Rabat y a 65 al oeste de Fez. Los orígenes se remontan al siglo VIII, cuando se construye una kasbah, o fortaleza. Al asentarse en el sitio la tribu bereber conocida como Meknassa en el siglo X, la ciudad recibe definitivamente nombre e identidad por la población que fue creciendo alrededor de la fortaleza.
Pero Mequinez no alcanzará su apogeo hasta que fue elevada a la categoría de capital imperial por el sultán Mulay Ismail de la dinastía alauita; el cual, después de haber sido proclamado sultán a la muerte de su hermano, en 1672, erige en la vieja ciudad la capital política y militar, emprendiendo la colosal tarea de reformarla por completo en un estilo muy personal. 3.000 cautivos cristianos llegados de Fez, más 30.000 prisioneros de las tribus de las regiones vecinas, fueron empleados cotidianamente en la tarea. El sultán mandó destruir la alcazaba meriní y una parte de la ciudad antigua para construir una formidable muralla dotada de monumentales puertas. Mandó erigir mezquitas, alcázares para su guardia, graneros, cuadras de caballos, jardines y la Dar Kebira. Hizo traer materiales romanos y mármoles desde las ruinas de Volubilis y del palacio el-Badi de Marraquech, para realizar con fastuosidad su ciudad imperial: Dar el-Majzen, en la que estableció su administración personal y su harén, del que se dice que las quinientas mujeres que lo componían eran originarias de todas las comarcas.
Los graneros llamados Heri es-Suani, contiguos al palacio, servían para almacenar las reservas alimenticias de la ciudad, así como el heno y el grano previstos para mantener a los 12.000 caballos del sultán. Los muros de siete metros de espesor y una red de canalizaciones subterráneas, mantenían una temperatura fresca en el interior de las inmensas despensas que permitía la conservación de las reservas. Ya que Mulay Ismail tenía auténtico temor a estar sitiado; de ahí el origen de lo desmesurado de los graneros. Ningún asedio llegó a durar en realidad más de una semana durante los años de su reinado.

EL SULTÁN MULAY ISMAIL
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El sultán Mulay Ismail

Abdul Nasir Mulay Ismail As-Samin Ben Sharif, conocido universalmente como sultán Mulay Ismail, nació entre los años 1635 y 1645 y reinó en amplios territorios de lo que hoy es Marruecos entre los años 1672 y 1727; heredando el poder de su medio hermano Mulay al-Rashid Rama. Pero lo que más célebre hizo a este personaje en su tiempo es el hecho de ser un verdadero recolector de cautivos y haber mantenido un harén de 500 mujeres, creando una enorme familia en la que se le atribuyeron 700 hijos, el último de los cuales se dice que nació ocho meses tras su muerte. Reclutó un ejército de 150.000 esclavos y, con este inmenso poder, gran parte de Marruecos cayó bajo su dominio durante 55 años. Tras la muerte de Ismail, sus numerosos hijos se disputarían la sucesión durante medio siglo.
La gran armada del sultán estaba compuesta por esclavos negros, emigrantes árabes, sudaneses, andalusíes y cristianos. Con el fin de mantenerla y regenerarla, instaló en Mequinez un gigantesco campamento cercano al palacio. Dio mujeres a los soldados y, siguiendo el ejemplo de los turcos, todos los niños nacidos en el campamento fueron formados para servir al Estado desde edad temprana. A los quince años eran incorporados al ejército. Mulay Ismail creó por todo el imperio una red de fortalezas, todavía utilizadas como guarniciones.

EL CRISTO DE MEDINACELI
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El Cristo de Medinaceli (Jesús Nazareno Rescatado)

La imagen que es conocida popularmente como Cristo de Medinaceli y que se halla en Madrid es un Ecce Homo, es decir, la representación de Cristo atado y flagelado que Poncio Pilato presenta al pueblo de Jerusalén mientras pronuncia las palabras “He aquí el hombre” (“Ecce Homo”). Se sabe que la talla fue encargada por la comunidad de Padres Capuchinos de Sevilla, y casi con toda seguridad proviene del taller de Juan de Mesa, donde la pudo tallar él mismo o alguno de sus discípulos, Luis de la Peña o Francisco de Ocampo, durante la primera mitad del siglo XVII. Una vez terminada la imagen en 1645, fray Francisco Guerra, obispo de Cádiz, dispuso que se hiciera su traslado a La Mamora, ya que ejercía jurisdicción eclesiástica sobre la plaza.
Fue llevada por los capuchinos al fuerte que las tropas españolas tenían en San Miguel de Ultramar, y será apresado por los moros en 1681, junto con otras imágenes y objetos sagrados de culto cuando el sultán Mulay Ismail arrebata a los españoles la plaza después de ponerle sitio. Trasladada la imagen luego a Mequinez, donde fue profanada y arrojada a un muladar de donde fue rescatada por el religioso trinitario fray Pedro de los Ángeles, que la tuvo guardada hasta que finalmente, en enero de 1682, los trinitarios redentores pagaron para poder llevarla de vuelta a España 30 monedas castellanas de oro.


EL AUTOR:

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Jesús Sánchez Adalid (1962) es de Villanueva de la Serena (Badajoz). Se licenció en Derecho por la Universidad de Extremadura y realizó los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ejerció de juez durante dos años, tras los cuales estudió Filosofía y Teología. Además, se licenció en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca.
Su amplia obra literaria ha conectado con multitud de lectores, gracias a la veracidad de sus argumentos y a la originalidad de sus descripciones sustentadas en una profunda documentación. Sus novelas constituyen una penetrante reflexión acerca de las relaciones humanas, la libertad individual, el amor, el poder y la búsqueda de la verdad.
La obra de Sánchez Adalid se ha convertido en un símbolo de acuerdo y armonía entre los pueblos, religiones, razas y pueblos, algo especialmente necesario en un mundo desgarrado por la intolerancia y el fanatismo.
Ha publicado con gran éxito La luz del Oriente, El mozárabe, Félix de Lusitania, La tierra sin mal, En compañía del sol, El cautivo, La Sublime Puerta, El caballero de Alcántara, Los milagros del vino, Galeón y El Camino Mozárabe. En 2007 ganó el premio Fernando Lara por su novela El alma de la ciudad; en febrero de 2012, el premio Alfonso X el Sabio de Novela Histórica por Alcazaba; en mayo de 2013 recibió el premio Internacional de Novela Histórica de Zaragoza por el conjunto de su obra; en agosto, el premio Diálogo de Culturas y el 12 de octubre del mismo año, el premio Hispanidad.
En Extremadura ha sido distinguido con la Medalla de Extremadura y el premio Extremeños de Hoy.
Sánchez Adalid ha colaborado en Radio Nacional, en el diario Hoy y en las revistas Historia National Geografic y Vida nueva.

EL LIBRO:

Título original: Treinta doblones de oro
Autor: Jesús Sánchez Adalid
Editorial: Ediciones B (Barcelona, 1ª edición, diciembre de 2013)
Número de páginas: 417
ISBN: 978-84-666-5404-3

Valoración: 8/10

Voy a incluir esta novela en los siguientes retos:

-Reto Genérico, en el género de novela histórica.
-Desafío Libros Musicales, porque el título contiene la nota musical RE.
-Reto 14.000 páginas, restando 417 de esta última novela.
-Reto “Sumando 2014”. El título contiene 20 caracteres.

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