Hoy me ha llegado al correo el boletín de novedades de la Biblioteca Municipal. Es curioso que aún no me he hecho socia, después de unos dos años, pero la archivera del Ayuntamiento me manda cada comienzo de mes el boletín con los últimos libros publicados. Y hoy, tras revisarlo, he notado la ansiedad de recorrer una librería.
Estas fechas no son buenas para recorrer librerías porque están llenas de gente. Al menos me reconforta saber que la gente sigue regalando libros en fechas importantes.
Adoro pasarme horas eternas entre las estanterías de las librerías, con ese peligro latente que tenemos los amantes de los libros, sabedores de que no podremos salir de allí con las manos vacías. Y he regresado a casa con dos libros nuevos.
En cierto modo echo de menos pasear por las innumerables y variadas librerías de Salamanca: por la gigantesca librería de Cervantes, donde tendía a perder la noción del tiempo, siempre que entraba por sus grandes portones de cristal; por la variopinta librería de Víctor Jara, con sus dos plantas y con la decoración de infinitos libros ilustrados; por la acogedora librería de Portonaris, en la que siempre me quedaba hablando con aquel hombre que se encontraba tras el mostrador, un hombre muy culto que me recomendaba novelas...
En Salamanca quedó una parte muy importante de mí y a veces añoro todo aquello.
En Salamanca quedó una parte muy importante de mí y a veces añoro todo aquello.

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