Botellas de Oporto
De nuevo toca habituarse a la rutina de Salamanca. Vengo con los hombros y la cara colorados porque me cogió el sol en la playa. Tengo bastantes anécdotas que contar. Sin embargo, lo dejaré para otra ocasión.Cuando una va a Portugal ya sabe lo que se va a encontrar. Los síntomas de dejadez que he encontrado en Oporto (Porto) son más intensos que los que encontré en el pasado en otras ciudades portuguesas. Te puedes encontrar un edificio en buen estado y, junto a él, varias fachadas derruidas, casas abandonadas, ventanas abiertas, cristales rotos y grandes muestras de polvo. Y algo muy típico, las ropas colgando justo por encima de tu cabeza.
De todas formas, dejando de lado esas cosillas y teniendo en cuenta que las comparaciones son odiosas, Portugal, y en concreto Oporto, no dejan de tener su encanto.
Había mucho turista, sobre todo españoles, en especial gallegos, pues no les pilla lejos. Entenderse no es difícil. Siempre que he ido a Portugal entiendo perfectamente cuando me hablan, aunque a veces tengo que pedir que hablen más despacio. Del mismo modo ellos me entienden a mí a la perfección, así que el idioma no es obstáculo.
No es una ciudad que esté bien comunicada. Me explico: el metro es novísimo, pero las líneas que cruzan la ciudad van juntas, desde el norte, donde se unen haciendo las mismas paradas cruzando de oeste a este la ciudad y todas terminan en el Estádio do Dragão. Solo una línea perpendicular cruza el resto, por lo que la mayor parte de la ciudad está incomunicada y tienes que coger los autobuses (autocarros). Un único tranvía surca la orilla del Duero (Douro) desde la Ribeira hasta la desembocadura. Ya contaré más cosas en los próximos días, que este viaje ha dado para mucho.
Anoche estaba deseando llegar a Salamanca.
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