Si elegí Oporto como lugar para viajar no era más que porque quería ver el mar. Sabiendo que una ciudad que contaba con la desembocadura de un río importante no tendría muy lejos las playas y que, además, estarían bien comunicadas, no tuve muchos reparos para trasladarme al océano.
Solo había estado en el Atlántico antes una vez. Sabía que sus aguas eran extremadamente frías. Y lo vi desde Galicia. Esta vez no tenía intención de bañarme, porque no hacía tanto calor para hacerlo –o eso creía yo-. Aunque antes de ir al mar, debía hacer otra cosa. Y tenía las primeras horas de la mañana para aquella visita.
Cogiendo el metro desde Marquês me dirigí a la estación de São Bento, desde donde la Sé (catedral) no quedaba lejos.

Subí pues a la parte más alta de la ciudad, a aquella catedral que más bien parecía una fortaleza por su aspecto recio y dominante sobre la ciudad.

Los cimientos de este monumento se remontan al siglo XII y sufrió muchas modificaciones en siglos posteriores. Conserva elementos de todas las tendencias arquitectónicas, que han modelado sus viejos sillares a lo largo de la historia: el rosetón y la recia planta de sus dos torres gemelas son románicos, el pórtico es barroco y el claustro, gótico.


El interior, dividido en tres naves, tiene varias capillas barrocas ricamente ornamentadas. Destaca la
Capilla del Santísimo Sacramento en la parte izquierda del transepto, que cuenta con un altar de plata repujada del siglo XVII. En el baptisterio, junto a la entrada, destaca un relieve en bronce, realizado por Teixeira Lopes (siglo XIX), que representa el bautismo de Jesús.

El claustro está bellamente adornado con paneles de azulejos, inspirados en escenas bíblicas (
El Cantar de los Cantares) y paganas (
Las Metamorfosis, de Ovidio).
Unido a la catedral se encuentra el
Cabildo Catedralicio y en la misma plazuela está el
Paço Episcopal.
El antiguo
Palacio Episcopal (siglo XVIII) posee unas líneas muy elegantes.

También hay una torre-fortaleza de granito levantada en el siglo XIV. Hoy en día alberga una oficina de información turística.

En el centro de este espacio se alza un magnífico
pelourinho neopombalino.


Las vistas desde la plazuela de la catedral son maravillosas. Por un lado se ve la altísima
Torre dos Clérigos, que, con sus 76 m de altura, se considera la más alta de Portugal. Por otra parte, se ve la
Muralha Fernandina.
Los alrededores de la
Sé son callejas destrozadas por el paso del tiempo o que nunca han sido arregladas. También está el
mercado de São Sebastião.

Los alrededores hablan por sí solos.



Bajando hacia los muelles se llega a la Casa do Infante, que en la actualidad alberga el Archivo Histórico de la ciudad.

Se trata de la antigua
Alfândega (aduana) y casa natal de Enrique el Navegante.

Uno de los rasgos característicos de la ciudad medieval es el antiguo
Rossio da Ribeira, actualmente la
Praça da Ribeira, un amplio espacio público donde tenían lugar las paradas militares, las fiestas, el trasiego de mercancías, las ferias y el mercado. Ahora es un buen lugar para tomar un café junto al
Douro.
Oporto consta de varios puentes que unen la ciudad con Vila Nova de Gaia. Los más conocidos son el de María Pía, diseñado por Gustave Eiffel y reservado para el transporte ferroviario; el puente de Luìs I y el Puente de la Arrábida, de construcción reciente.

El
puente de Luìs I es, sin duda, símbolo de la ciudad. Conecta las dos orillas a diferentes alturas: a 10 m sobre el nivel de las aguas y a 70 m. Fue construido por la sociedad belga Willebroeck en 1886, inspirándose en la técnica de Eiffel. De hecho, el responsable de este puente fue discípulo del ingeniero francés. Su estructura es completamente metálica.

La plataforma superior mide 392 m de longitud y la inferior 174 m. La vista es impresionante, aunque está prohibido detenerse en el trayecto.





Desde el autobús, acercándonos al mar, se descubre el
puente de la Arrábida, sobre el que pasa la autopista entre
Porto y Lisboa. Data del año 1963 y fue construido con una técnica innovadora por el ingeniero portugués Edgar Cardoso. Este puente cruza el Duero con un único arco de hormigón. La plataforma superior mide 500 m y se eleva a 70 m sobre las aguas.
Siempre junto al río, autobús y tranvía transcurren durante ocho kilómetros hasta la ciudad de
Matosinhos, importante puerto pesquero en el Atlántico. Hacía buen día y las casas estaban muy cuidadas, además de las nuevas construcciones que se están realizando, lo que nos descubre una ciudad completamente turística.


Había bastante gente en los alrededores de las playas, aunque no existía el llenazo que una se puede encontrar en una playa del Levante español, quizás se deba a la época. Sin embargo yo me acerqué descalza hacia las aguas. No hay nada como caminar sobre la arena y escuchar
el rumor del mar...


Caminar por la playa es genial. Ya no recordaba la última vez que había visto el mar, pero es tranquilizante y reconfortante. Y lo vi, lo escuché, lo sentí... Me mojé los bajos de los pantalones, pero no importaba. Después de varias horas sentada en la arena y mojándome los pies comencé a caminar hacia Oporto. Después llegaron las rocas.

Donde terminaba la playa de arena comenzaban las piedras.

A lo lejos se veía el Forte de São Francisco Xavier.
Allí también había una rotonda con una especie de red gigante que llamaba la atención.

Junto al mar se alzaba el
Edificio Transparente, un edificio moderno de planta rectangular, que no era más que un centro comercial con restaurantes. Como era la hora de comer decidí entrar. Es típico de Matosinhos y de otras ciudades del mar el
bacalhau y cualquier tipo de pescado, pero en mi caso si podía evitarlo mejor. Así que entré en un restaurante italiano.

El camarero, muy agradable, decidió por mí los entrantes: fritos de picante carne picada (valga la redundancia), queso típico y mantequilla, melón (en forma de bolas) con jamón.


El
Forte de São Francisco Xavier, también conocido como
Castelo do Queijo, es una pequeña fortaleza que se encuentra cerca de la desembocadura.
Se levanta este fuerte sobre una formación de granito. Hasta el siglo XV esta mole era lugar de culto para los celtas. El fuerte de São Francisco Xavier se construyó sobre una fortaleza anterior en el año 1661 como fortificación marítima. Hoy es un edificio que pertenece a la
Associação de Comandos.
El fuerte presenta sólidas murallas de piedra, rematadas por garitas pentagonales en los vértices, que están cubiertas por cúpulas. Las defensas se completaban con un amplio foso y un puente levadizo. En el interior hay un bar donde se reúnen los Veteranos de Comandos.

La panorámica desde la parte superior del Castillo de Queijo son preciosas. Justo en el lugar donde el Duero se une al mar hay otro castillo-fortaleza más grande que el anterior.


Se trata del
Forte de São João Baptista da Foz. Se yergue en posición dominante sobre el río Duero, protegiendo los accesos fluviales a la ciudad de
Porto.
Volví a coger el autobús de vuelta para bajarme en la
Alfândega Nova.

Es un edificio inmenso junto al río donde está prohibido hacer fotos. En el suelo se puede ver el final del antiguo trayecto del tranvía. El edificio alberga varias exposiciones temporales, una muestra de la historia del edificio y el
Museu dos Transportes e Comunicacões.

Cerca se encuentra el
Museu do Vinho do Porto, donde se cuenta un poco la industria del Oporto en el pasado y también se explica cómo es la construcción de los
ravelos y cómo se transportaban las barricas por todo el Duero.
El atardecer en
Ribeira nos brinda unas vistas espléndidas. El ambiente turístico es grande en esta zona, donde se concentra la mayor parte de los viajeros, tomando cervezas, paseando o haciendo cruceros por el río mientras se acerca la hora de la cena.

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