lunes, septiembre 24, 2007

Oporto: Primeras impresiones (viernes 21 de septiembre)

Viajar de noche nunca me ha gustado, pero pensaba que si cogía un autobús de madrugada, podría dormir en el viaje y aprovechar todo el día entero. Sin embargo, lo peor que te puede pasar en un autobús lleno de portugueses es que te den la chapa durante todo el viaje y que no te dejen dormir. Y eso es lo que me pasó. El que se sentaba a mi lado se llamaba José, era de un pueblo a 45 kilómetros de Oporto y llevaba trabajando tres años en Madrid. El autobús venía desde Madrid y terminaba en Oporto, haciendo varias paradas en su recorrido. Intenté dormir, pero mi compañero de viaje no paraba de hablar, y además me costaba entenderle, pues aunque llevaba unos años en España no se dignó a hablarme en mi idioma, sino que hablaba en portugués, por lo que muchas de las cosas que dijo se me escapaban. Junto a la gran perorata del portugués, hubo otra cosa que influyó bastante en mi insomnio. A partir de Ciudad Rodrigo estuvimos acompañados por una gran tormenta que daba bastante pavor, ya que en las llanuras de la meseta se iluminaba la noche de un modo impresionante.
En una hora estábamos en Fuentes de Oñoro, junto a la frontera, donde paramos un rato. Solo llevaba encima la cartera porque me obligaron a dejar la mochila en el maletero. Suelo llevar bolso, pero para los viajes prefiero la mochila, puesto que siempre la termino llenando y prefiero llevar todo a la espalda en vez de cargarme las manos con bolsas. Por eso no tengo fotos del trayecto de ida. Nada más cruzar la frontera, todo el mundo cambió la hora. Yo seguía con la hora española hasta que llegué al hotel. El autobús hizo tres paradas más: Guarda, Viseu y Albergaria. En esta última localidad la carretera se divide hacia Porto (hacia el norte) y Aveiro (hacia el sur).
Antes de avistar Oporto llegamos por la otra orilla del Duero, la zona donde están la mayoría de Bodegas (Caves) del Oporto. Esa ciudad se llama Vila Nova de Gaia. La panorámica al cruzar de noche el río es impresionante.

El nombre de Portugal deriva de la unión de los topónimos de las dos localidades que separa el Duero justo antes de rendir sus aguas al Atlántico: Vila Nova de Gaia, la antigua Cale, en la margen izquierda, y Porto, Portus, en la orilla derecha. El portus de Cale, que los romanos utilizaban para enlazar los dos sectores de la calzada que iba desde Braga a Lisboa, acabó por fundirse en Portucale. Después fue un condado que fue ampliándose hacia el sur, terminando convirtiéndose en lo que hoy conocemos como Portugal.
No me enteré de que habíamos llegado hasta que me dijeron que ya paraba el autobús. Oporto no tiene estación de autobús, o al menos, a nosotros no nos pararon en una. Enfrente de un local donde ponía InterNorte terminamos el trayecto. Aquello ni era estación ni era nada, pero habíamos terminado el viaje.
De allí cogí un taxi hasta el hotel. Debo hacer una apreciación al respecto: el hotel no era tal, sino un hostal, aunque te viene en un listado de hoteles tal cual. Claro que por el precio no se podía esperar otra cosa.
En mi reloj eran las 7 de la mañana cuando llegamos a Oporto, claro que allí eran las 6. Solo quería dejar la maleta en el hotel, deseando que tuvieran una habitación libre para poder ducharme. No fue el caso. Supuestamente yo debía entrar en el hotel a partir de las 12 del mediodía, y no a las 6 de la mañana. El recepcionista era un viejo sudoroso que no paraba de tocarme la cara. Se apiadó de mí y me dijo que me sentara en una especie de salón que tenía mullidos sofás. El hombre no paraba de hablar. Mi primera impresión de aquel lugar fue de lo peorcito. El motivo no era más que me había parecido ver un ratón por detrás de los sofás. Estaba deseando marcharme. La cháchara despertó a unos cuantos inquilinos. Un catalán que estaba en una habitación cercana salió a los sofás y estuvimos hablando. Después vino otro hombre discutiendo con el recepcionista, momento en que el catalán y yo aprovechamos para irnos a tomar un café. Encontramos una cafetería abierta después de dar vueltas y observar los edificios descascarillados que nos rodeaban.
Sin darnos cuenta, habíamos llegado a una de las arterias principales de la ciudad, la Rua de Santa Catarina, una calle en cuesta larguísima, donde abundaban los comercios, y que bajaba hasta el río. El catalán volvió al hotel, pero yo decidí ir a visitar la ciudad. Así que comencé a bajar por la concurrida calle, encontrándome con todo tipo de edificios. Una de las cosas que más me llamaron la atención –aunque ya lo sabía- era la multitud de monumentos recubiertos de azulejos.
La Capela das Almas, en plena Rua de Santa Catarina era un ejemplo. El azulejo es muy típico allí, tanto en exteriores como en interiores.
Por fin encontré una parada de metro, Bolhão, y terminé en Aliados, sabiendo que me dirigía al centro neurálgico de la ciudad. Lo primero que te encuentras nada más salir del metro es el edificio Paços do Concelho, el Ayuntamiento.
Dominando desde las alturas, ciertamente impresiona. Más cerca se pueden observar las esculturas, de grandes dimensiones.
También las vistas desde el Ayuntamiento son impresionantes, ya que toda la Avenida dos Aliados, hasta el fondo, donde está la Praça da Liberdade, poseen edificios señoriales y bastante cuidados. Junto al Ayuntamiento hay una oficina de turismo, donde no dudé en entrar para que me dieran un plano e información sobre la ciudad.






Llegando a la Praça da Liberdade se observa un ambiente muy triste, ya que apostados junto a las paredes hay multitud de gente mendicante, limpiazapatos, pedigüeños y personas pobres.
Y como en otras muchas ciudades aquí también existen las esculturas a tamaño real en medio de la calle. Ésta me llamó la atención. Tanto buzones como cabinas telefónicas llaman la atención por su color rojo. Al final de esta plaza nos encontramos casi de frente con uno de los lugares más frecuentados: la estación de São Bento, la estación central de trenes. Impresiona su estructura exterior, no solo porque se trata de un edificio llamativo sino porque está construido en cuesta.

El hall interior, antes de llegar a las vías, está recubierto de azulejos ¡cómo no!

El techo del hall de la estación tiene dos palabras bien diferenciadas, Miño y Duero, los dos ríos principales del norte de Portugal.
En mi paseo por el centro de Oporto ansiaba ver el río, aunque sabía que todas las calles desembocaban en él. Llegué entonces a una gran calle que bajaba directamente. Era la Avenida Vimara Peres. Aunque me paraba a observar el estado de dejadez de los edificios. Y terminaba haciendo fotos a las fachadas. Quizás es que me llamaba mucho la atención tan peculiar estado de abandono.

Aquí me pasó una cosa curiosa.
Había una calle que subía y me pareció muy turística, en el sentido de que había puestos de ropa al comenzar la subida. Anduve unos 200 metros y me di cuenta que la gente se me quedaba observando. Mujeres mayores, ajadas por el tiempo y el trabajo, mendigos... En fin, no me gustó aquello. Después me enteré de que esa era una de las zonas más peligrosas de Oporto, donde se vendía droga y donde se concentraba la gente de mal vivir. Volví a la calle principal y me di cuenta de que me perseguía alguien. Una mujer entrada en años bajaba detrás de mí, cada vez más rápida. Aceleré el paso. No me dejaría pillar por una mujer que me triplicaba la edad. Miré dos veces para atrás y ella se debió dar cuenta de que me había coscado de su persecución. La calle por la que bajábamos estaba muy concurrida y si hubiera querido robarme la cartera allí no habría podido hacerlo. Al final, dejó de perseguirme. Y yo respiré tranquila.
Por fin se veía el Duero al fondo, aunque antes debía visitar algo que, según el mapa, estaba próximo: el Palácio da Bolsa. Llegué a una plaza donde un edificio rojo metálico llamó mi atención: el Mercado Ferreira Borges.
Estaba cerrado y desde las cristaleras solo se veían las columnas que sostenían la estructura del edificio. No había nada más. Y por fin encontré el Palácio da Bolsa, en la Praça do Commercio.
El Palácio da Bolsa es uno de los lugares que más me gustó. Cuando llegué me dijeron que en media hora empezaba la visita guiada en español. Así que me fui para volver después, pues bien merecía aquel lugar que nos explicaran sus rincones escondidos. Me aconsejaron que fuera al edificio de detrás, la iglesia de S€ao Francisco, pero estaba en la zona de Ribeira, junto al río, y preferí pasear por allí y, de paso, tomar un café.
Pasear junto al Duero cuando el tiempo acompaña es una gozada. Los barcos rabelos, típicos de Oporto, se enseñorean sobre las aguas, llamando la atención del viajero.
Son bellas barcas fluviales que gozan de mucha gracilidad. Tradicionalmente eran utilizadas para transportar las barricas de vino desde las heredades hasta los puertos de embarque o cais. Su vela latina y su alargado timón acompañan la ligereza de líneas.
En la otra orilla se levanta Vila Nova de Gaia, que debe su prosperidad a uno de los vinos más peculiares y apreciados del mundo, el Oporto, elaborado con las uvas que los rabelos transportan desde los viñedos situados aguas arriba del Douro. Se aprecian con cierta facilidad los nombres de las bodegas en toda la ribera de Vila Nova.
El Palácio da Bolsa se construyó sobre las ruinas del ala monacal del antiguo convento de São Francisco, de lo que hoy solo se conserva la iglesia anexa al Palácio. Se sube por una impresionante escalera de granito hacia unos salones donde la madera y el estuco dominan la decoración. Dos grandísimas lámparas metálicas cuelgan del techo. Cada una pesaba dos toneladas, pero tiene su propio engranaje para subir y bajar las lámparas y cambiar las bombillas. Allí están los salones de juntas, la corte del antiguo tribunal comercial, la sala dorada y otras habitaciones, en las que la mayoría de los muebles se conservan sin restaurar, en bastante buen estado. Pero hay una sala que llama la atención por encima de todo: el Salón Árabe, que en la actualidad se sigue alquilando para dar banquetes.
La decoración es oriental, y los constructores visitaron la Alhambra de Granada que tomaron como inspiración, pero se construyó en el siglo XIX, de ahí que sea de estilo neo-árabe.
Desde el Palácio da Comercio hay una impresionante vista no solo del río Duero sino también de la parte más alta de la ciudad: la (catedral) y el antiguo Palácio Episcopal.
Junto al Palácio da Comercio está la Igreja de São Francisco.

Se trata de una iglesia gótica con una impresionante ornamentación interior, a base de tallas de madera dorada con muchos elementos propios del barroco: angelotes, sarmientos, racimos, hojas de parra, volutas, molduras y representaciones de animales. El abigarramiento interior, que transmite la sensación de haber penetrado en una gruta revestida de oro, parece poco acorde con la sobriedad de la regla franciscana. Fueron necesarios más de 200 kg. de polvo de oro para cubrir todos los rincones. En una capilla abierta a la derecha está la imagen de un tosco San Francisco, en granito policromado, y a la izquierda se levanta una impresionante capilla donde una talla de madera representa el árbol de Jessé. Son dos obras de arte que merece la pena visitar.
Era la hora de comer así que, como es habitual, debía probar la gastronomía típica. Ya me habían informado en la Oficina de Turismo qué comer. La verdad es que hay mucha diversidad de platos. Lo curioso es que mezclan mucho las comidas, es decir, que es muy típico en ellos meter muchos ingredientes en las comidas.
Las tripas à moda do Porto era una especie de fabada, y sabía muy parecido a las alubias con chorizo y morcilla. Se mezclaba con arroz cocido.
Después de la comida estaba que me caía de sueño. Por una parte me apetecía visitar la catedral, pero mi cuerpo llevaba muchas horas sin dormir y demasiado ajetreo, así que opté por ir al hostal a que me dieran la llave y echarme una siesta. Sabía que si lo hacía perdería toda la tarde, porque cuando me levantara iba a tener el tiempo justo para ir al centro y la noche se me echaría encima.
Dormí dos horas, pero como había previsto, entre la ducha, vestirme, acicalarme y demás se me hizo tarde. Llegué a Aliados cuando anochecía. La plaza estaba preciosa de noche.
Mientras anochecía estuve viendo allí mismo un espectáculo sobre el tranvía. Y llegué a São Bento de nuevo. Había poco movimiento para ser el centro.

Estuve en las calles cercanas al Ayuntamiento, y al final me metí en un inmenso restaurante turístico, donde las mesas de alrededor estaban llenas de españoles. Allí de nuevo acudí a otro plato típico, pero era demasiado pesado como cena.
Se trataba de la francesinha, un plato picante a base de embutido y diferentes tipos de carne, recubierto de queso que se deshacía con el calor de la salsa.
Al volver al hotel me sorprendió un cartel luminoso, que indicaba un colegio.
Me pareció simplemente extraño que un colegio se marcara con luces de neón.

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