A veces recuerdo los innumerables viajes en tren, ese traqueteo continuo durante aproximadamente tres horas que parecían interminables. En el tren me conecté por primera vez a internet desde el móvil. Esta noche ha aparecido esta imagen entre las infinitas carpetas de fotos que guardo en el portátil.
(Montxo, si ves esta imagen ya sabes qué pagina es. Hace miles que no me paso.)
El tren hacía que mi estado de ánimo cambiara. El tren me enseñó a echar de menos las montañas que rodean mi casa en La Rioja, el tren me enseñó a valorar todo aquello de lo que carecía en Salamanca. Eso no hacía que Salamanca no me gustara, pero sí es cierto que, saliendo de la ciudad, el paisaje es árido, desolado y se extiende a nuestros ojos durante kilómetros y kilómetros de llanura. Esa tierra, además, era muy pobre. Salamanca es una ciudad exquisita, pero fuera de la capital... te encuentras una especie de abismo yermo y desgastado.
El viaje de ida siempre me entristecía, porque las montañas y el color verde, los contrastes y la fertilidad de esta tierra iban quedando atrás para dar paso a la insólita llanura de la meseta. Y hablando de la meseta, recuerdo el clima al que nunca terminé de acostumbrarme, porque allí no había más que dos estaciones. En la meseta se habían extirpado el otoño y la primavera, para pasar repentinamente del frío más cortante al calor pegajoso que impregnaba la piel de forma traidora.
El viaje de ida siempre me mantuvo con la idea de que volvería a mis raíces. Y, de hecho, regresé a esas raíces que me faltaban en tierra charra.
En cambio, al volver hacia La Rioja el estado de ánimo siempre me alegraba. Con sólo mirar hacia el exterior y ver una altura, aunque fuera pequeña, era suficiente para que me sintiera en el cielo. Porque mi mirada buscaba lo que había echado tanto de menos.
Los trenes que cruzan Castilla dejan mucho que desear. Han reformado las estaciones de estilo franquista que se conservan a lo largo y ancho de toda la Península Ibérica, pero tardan en levantar las nuevas estaciones acristaladas Adif para los trenes de alta velocidad. En Valladolid no han cambiado la ubicación y la estación que se ve desde el tren no se ve muy cambiada. En cambio, en Burgos construyeron una estación completamente nueva, que está bastante lejos del centro. Sólo he estado una vez, cuando ya regresaba definitivamente.
Los trenes son antiguos. Una vez oí que eran de segunda mano, los que cercanías de Cataluña y Madrid, reconvertidos en ferrocarriles de larga distancia para las Castillas.
Concretamente, ese día de la imagen, por la hora (09.11 h.), sé que venía en el Talgo que llega hasta Barcelona. Salía a las ocho de la mañana. Los Talgos huelen a viejo. Si te echas una cabezada, el asiento contiene ese aroma a rancio. También tiene primera y segunda clase, con los nombres cambiados (preferente y turista), pero no se diferencian en mucho. Los asientos, quizás unos centímetros más amplios en preferente, siguen conteniendo esa fragancia múltiple del sinfín de personas de todos los tiempos que han viajado en ese tren. El Talgo sería un 'boom' en el franquismo, pero hoy es una carraca vieja y obsoleta que recorre las Castillas con el mismo traqueteo que recuerda a historias de posguerra y al poema de Antonio Machado:
Yo, para todo viaje
siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
(...)
A veces da la sensación, al leer el poema del tren de Machado, que no ha cambiado mucho desde que él lo escribiera. Sobre todo si vamos en un Talgo...
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