Hoy pasaba por el puente y me he quedado mirando el río, sus orillas verdes, el monte al fondo. La tarde acompañaba y yo me encontraba imaginando que caminaba con un ángel por esas orillas. Nunca he estado ahí abajo. Paso a diario por ahí, unas cuatro veces. Y nunca me he parado a observar la tranquilidad que hay ahí.
No sé por qué de repente me he acordado de él. Quizás por el candado que nunca colgué en el puente. Uno de esos candados grandes y pesados que aguarda en un cajón de la mesilla.
Quizás porque había gente en bicicleta, pedaleando bajo los rayos calurosos de la tarde.
Entonces he sentido un nudo en la garganta y una garra atenazándome fuertemente el estómago.
He vuelto a mirar a la montaña que quedaba atrás y he intentado sonreír. La vida pasa demasiado rápido y todo es demasiado efímero. De repente, esa emoción instantánea se había difuminado. Pero su imagen… no.
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