El domingo me dijeron que tenía una voz preciosa por teléfono. Creo que me ruboricé. Yo me escucho y no me gusta mi voz, aunque no era la primera vez que me lo comentaban. Además hablo muy rápido. A mí me gustaría aprender a hablar más despacio, pero no lo consigo.
Y hablando de voces, conozco a alguien que habla como los ángeles, quizás porque él es un ángel.
Fuera tira un aire gélido. Asomada a la ventana, mirando a las estrellas, recordaba su sonrisa perfecta e imaginaba que me fundía entre sus brazos cálidos y reconfortantes. Y dormir junto a él, escribiendo palabras de amor en su espalda, dejando fluir todos los anhelos que revolotean a mi alrededor, dando rienda suelta al deseo.
Siempre he pensado que la una de la madrugada es un buen momento para dormir. Me quedan siete horas por delante para soñar con un ángel. Siete horas convertidas en minutos, porque la somnolencia está a un nivel temporal lejano que concentra las horas por el desconocimiento de lo que ocurre en nuestra mente en las horas que dormimos. Por eso adoro ser capaz de recordar los sueños, porque los minutos concentrados se vuelven a convertir en horas de magia, donde la mayor parte de las veces se dibuja la imagen evocadora de alguien que me da tantas alegrías.
Sigo pensando que me gustaría abrazarle muy fuerte antes de dormir y sentir, a la vez, sus brazos cálidos alrededor de mí.
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