lunes, marzo 21, 2011

Luces de primavera


El tiempo es eterno sin él... Demasiado eterno. Los días son más largos, más aburridos, menos azules, menos luminosos.
El tiempo vuela cuando está él. Es curioso, porque siempre que está él nunca tengo prisa. Siempre se para el tiempo. Es como si me viera transportada a una isla en la que sólo existe él, con su mirada perfecta, noble, angelical; con su pelo al viento, lanzando destellos plateados a la luz del sol; con su sonrisa misteriosa, ocultando una palabra que está a punto de decir, con esa voz cadenciosa y sensual que nunca me canso de escuchar, aportando un granito de su infinita sabiduría; con sus manos suaves que con tan sólo imaginar me erizan la piel. Y cierro los ojos y veo ese rostro adorable, de donde reaprendo cada rasgo en cada ocasión.
Y recuerdo haberle mirado fijamente, para volver al momento en que él se siente observado y desvía esa mirada profunda en mi dirección. Y recuerdo mirar al cielo, sentir el rubor en mis mejillas y no saber dónde meterme. He perdido la cuenta de todas las veces que me ha encontrado observándole, sin haberle explicado nunca que no quiero olvidarme de nada de él, que quiero recordar todos y cada uno de sus gestos para sonreír cuando está ausente y he de recurrir a la memoria, a los recuerdos mágicos que me brinda cada vez.

Estoy tumbada en la cama, con el portátil al lado. Es un poco incómodo escribir así. Es que me estaba imaginando estar sin el portátil durante días. Por algo que le dije el sábado. No me importaría.

Cuando se ama, no sólo se entrega el corazón, sino que se entrega todo. Cada noche sigo mirando al cielo y preguntando a las estrellas, cada noche sigo soñando con un abrazo suyo, cada noche me imagino cubriéndole de besos hasta quedarme sin fuerzas. Y cuando despierto siento que le quiero un poco más...

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