lunes, marzo 22, 2010

Unos recuerdos que reconfortan

Empiezo a sentir una presión insoldable en la parte de atrás de la cabeza, eso quiere decir que tengo que irme ya a casa porque necesito un descanso, una pausa. Llegar antes de las diez, volver a soñar con él, buscarle entre los recuerdos, sentir que estoy viva, cerrar los ojos y caer en el círculo de su magnetismo, añorarle en el silencio de la noche.
No hace dos semanas que le vi y parece que hubieran pasado dos lustros. Es que me cuesta esfuerzo imaginarle como es, aunque luego saboree cada minuto que paso dibujando sus rasgos, para retener después la imagen completa, cosa imposible, porque se difumina en el tiempo con enorme facilidad. Aunque luego siga viendo sus ojos, esa mirada que es lo primero que vi de él y lo último que se esfuma en mi mente, aunque nunca termine de desaparecer por completo. Porque poco después vuelvo a añorarle, a buscar las fotografías descafeinadas de los recuerdos.
Me iré a casa y seguiré pensando en él. Y no necesito escribirlo. Iré silbando, sonriendo, cantando quizás. Las imágenes pasarán raudas y volverán mañana, y al día siguiente, y el próximo mes. No me atrevería a decir que el próximo año también, pero...
Me siento hechizada, y ese hechizo tiene un nombre que me pone la piel de gallina.

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